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No importa quién lo invente, lo que importa es cuánto impacta

En los últimos años hemos escuchado mucho sobre innovar o ser disruptivo, sin embargo, eso qué impacto tienen en la sociedad cuando el talento se encierra detrás de una puerta.

27-07-2017, 10:47:19 AM
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Estamos en vísperas de 2020 y nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo de cambios vertiginosos y radicales, que si bien nos hemos adaptado a su existencia, no dejan de sorprendernos los paradigmas superados en todo momento; de hecho no terminamos de adaptarnos a un nuevo sistema, modelo, herramienta, velocidad, antes de que esta novedad se vuelva obsoleta en tiempos extremadamente cortos.

Si nos detenemos a pensar sólo un segundo en lo que sucede a nuestro alrededor, rápidamente caeremos en la cuenta de que muchas de las herramientas que utilizamos en nuestras tareas diarias no existían hace un par de años. En general, hemos aprendido a vivir en medio del cambio y como consecuencia a la par de la innovación como si formara parte de una necesidad fundamental de la pirámide de Maslow de la nueva era.

Pero lo que muchas veces no nos detenemos a pensar es ¿cómo se produce la innovación? o ¿qué es lo que da lugar a la innovación incremental, radical o disruptiva?, o los cambios de paradigma que hacen que la situación que nos rodea se modifique de forma permanente.

Si analizamos los saltos cuánticos de mentalidad en el devenir de la humanidad, nos encontraremos con que muchos de ellos están ligados a figuras reconocidas, personajes que van desde Galileo Galilei, Newton o Einstein, hasta Bill Gates, Steve Jobs o Zuckerberg. En general la velocidad del cambio ha propiciado una explosión de técnicas y metodologías que vinculan los procesos de innovación con mecanismos sostenibles en el largo plazo para sociedades evolucionadas.

Las ideas innovadoras de hoy en día pueden provenir de cualquier fuente, el número de emprendimientos creados ha crecido exponencialmente y sigue en aumento. De hecho, las empresas más innovadoras en el mundo hacen una mezcla de fuentes internas y externas para alcanzar sus metas. Estas empresas saben que el talento que genera las ideas no necesariamente están dentro de su organización, por lo que es necesario abastecer su portafolio creativo a partir de fuentes externas. A esto se le llama “Innovación Abierta” (Open Innovation), según Henry Chesbrough, profesor de la Haas School of Business de la Universidad de California, y quien argumenta que las compañías que no se renuevan, perecen y requieren de mecanismos implícitos de intercambio de conocimientos.

Sin embargo, a la mayoría de las organizaciones les cuesta trabajo abrirse a fuentes externas, en algunos de los casos es causado por el síndrome NIH “Not Invented Here” (No Inventado Aquí). Se trata de una creencia común en Silicon Valley, y en el mundo tecnológico en general, que las empresas deben “comer de su propia comida”, que es sólo una manera de decir que una empresa debe utilizar sus propios productos.

Si bien esto tiene sentido en determinado nivel; es hasta cierto punto normal que las organizaciones (particularmente del sector tecnológico) no prototipen algo a los clientes que no fue creado en sus propios laboratorios. Por lo tanto, la innovación juega con los egos de quienes lo producen, sin embargo, la versión abierta, es el camino ideal hacia una sociedad del conocimiento que contribuya a la innovación social que trascienda fronteras.

Así, el fenómeno de la innovación, cuya naturaleza se origina en modelos tecnológicos, incorpora progresivamente inteligencia de mercado, capacidad organizativa, sectorial e internacional pero no se detiene ahí. Los brazos de la innovación no abarcan la totalidad de la economía, por lo que deben penetrar en lo más profundo de los países para sustentar y expandir su riqueza, buscando inexorablemente nuevas fuentes de competitividad. Su naturaleza invade el último reducto que le quedaba: la cultura de las naciones, el conjunto de comportamientos y creencias que guían las actitudes individuales y colectivas.

El mundo posterior a las grandes crisis, donde se habla de gobernantes incrédulos a los cambios climáticos o políticos inmunes a la corrupción, será un territorio apto para los denominados activistas de la innovación. Si observamos las empresas ya no compiten contra empresas, ni cadenas de suministro contra cadenas de suministro.

La innovación impregnará las regiones y competirán dentro de entornos innovadores contra entornos innovadores: concentraciones geográficas de agentes de innovación (universidades, centros de investigación, fondos de capital riesgo, escuelas de negocio y clústers), talento creativo e iniciativa emprendedora en un abanico de posibilidades infinitas, impregnado de una cultura de innovación y alimentado de masas de emprendedores en busca del éxito personal y profesional.

Finalmente, la fuente de la competitividad estará en las raíces culturales de las naciones y no necesariamente en las bases de las políticas públicas. Es evidente que el camino para los activistas de la innovación esta en replantear su forma de ver el mundo, la innovación se está incorporando en el ADN de la sociedad, si esto no sucede, será un fracaso mas del ser humano en su proceso evolutivo.

Las futuras generaciones que construyan políticas de innovación no serán políticas tecnológicas, ni industriales, ni siquiera económicas. Serán, inevitable y sorprendentemente, políticas culturales basadas en la innovación 100% abierta.

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