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¿El gobierno de Peña Nieto ya tocó fondo?

En 2016 tuvo sus peores niveles de aprobación, sin embargo, en 2017 el presidente tiene una gran oportunidad para revertir la tendencia negativa, ¿la aprovechará?

16-12-2016, 6:40:58 AM

Con 2017 arranca el último tercio de la administración federal a cargo del priista mexiquense que se vendió como icono del relato del “nuevo PRI”; saneado, juvenil y transformador.

El saldo general de los primeros cuatro años en términos de imagen pública para Enrique Peña Nieto caen indiscutiblemente del lado negativo de la balanza, ya que, los dos primeros años de aquel discurso triunfalista de las grandes reformas estructurales no fueron suficientes para amortizar la caída libre que comenzaría a finales de 2014 con la grieta de Ayotzinapa y que se reforzaría con la Casa Blanca, Malinalco, el boicot de la CNTE, la invitación a Trump, los escándalos de corrupción de los gobernadores incómodos y la insultante fuga de Javier Duarte.

Este recuento explica cómo Peña ha sido capaz de romper a ritmo sostenido su propio récord sobre la aprobación históricamente más baja para un presidente en funciones. Según el promedio de las encuestas publicadas en la prensa nacional en este último semestre hablamos de sólo 2 de cada 10 ciudadanos que están de acuerdo con su gestión.

Dicen que una de las ventajas de tocar fondo es que ya no se puede ir en otra dirección más que para arriba, y, aunque la historia de Dilma Rousseff —quien llegó a niveles de aprobación por debajo del 10% previo al impeachment— nos recuerda que esto aún se puede poner peor, el escenario que se vislumbra para 2017 da pie a la posibilidad de una remontada de la imagen presidencial si sus asesores saben leer con acierto las claves.

Los temas preponderantes para el próximo año en la agenda de su partido, de política interna e internacional están claramente delimitados:

El PRI está ante el reto de jugar su mejor papel en las elecciones estatales a manera de último termómetro para el 2018, con especial énfasis en mantener la gubernatura del Estado de México, considerada la joya de la corona por su número de votantes, además de bastión peñista. Aquí la tarea de reforzar la imagen de liderazgo de Peña para con los tricolores descansa mayoritariamente en Enrique Ochoa, presidente del partido y leal a él. En llegar a junio con buenos resultados que eviten repetir la narrativa de 2016 de que los estados que este partido perdió se debió en parte al “efecto Peña”; es decir, de los saldos en las urnas dependerá si los suyos lo ven como un pasivo o un activo dentro del PRI.

La agenda nacional mantendrá como temas principales la inseguridad y la corrupción. Como ya se ha comentado en diversos espacios, estos atolladeros no se resuelven con mero discurso político sino con acción política que lo sustente (a lo que han estado reacios de asimilar en Los Pinos). En este sentido, el golpe urgente en materia de ataque a la corrupción es claro como el agua: encontrar a Duarte. En tanto que se le identificaba como parte de aquel “nuevo PRI”, cada día que sigue prófugo se alimenta la narrativa de un gobierno no sólo ineficaz o ridículamente torpe, sino incluso cómplice.

Pero, atípicamente, el principal reto para lo que le queda de administración al mexiquense y donde está una atractiva vía para lograr elevar sus niveles de aprobación antes de concluir su sexenio está en la esfera internacional y en cómo decida enfrentar desde la acción y el discurso a la actual personificación del enemigo nacional: Donald Trump.

Y es que bien dicen que el enemigo común une, y, ante una sociedad mexicana que desde el siglo antepasado ha forjado su identidad nacional con un fuerte componente patriótico en defensa de la invasión extranjera, la imagen de un líder fuerte, paternalista y protector tiene el potencial de cohesionar masas; el “mas si osare un extraño enemigo” retumba en lo más profundo de nuestro ADN y Peña podría usarlo a favor.

Remarco el “debería” porque, al día de hoy, la respuesta del gobierno federal ante la naciente era Trump se percibe más bien como tibia y desarticulada. Si su resbalón de invitarlo al país le costó comparaciones con Santa Anna, lo que toca es dar un fuerte spin a su estrategia comunicativa aspirando a erigirse ante la opinión pública como el principal “defensor de la patria”.

Peña Nieto urge de un tono menos timorato y más audaz en su discurso al respecto. Lo cual comienza por tomar consciencia de que la timidez es un hábito por el deseo de evitar conflictos. Que no se equivoque, el conflicto existe, y a partir del 20 de enero se acrecienta, en sortearlo con firmeza y conectando con el sentimiento colectivo está su oportunidad de remontada.

*La autora es consultora en comunicación política. Socia-directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia 

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