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Este es el populismo que amenaza al mundo

La complejidad del populismo puede desviarnos de la real amenaza que representa el auge de un tipo de populismo nacionalista extremo, que pueden ser fácilmente la antesala a nuevos regímenes fascistas, autoritarios y antidemocráticos.

01-12-2016, 7:39:17 AM
populismo

Cuando en la segunda mitad del siglo XX se vivía la llamada Guerra Fría con sus dos ejes geopolíticos disputando la hegemonía, el bloque occidental-liberal encabezado por EU dedicó grandes esfuerzos propagandísticos por estigmatizar a su bloque opositor, por eso es que en gran parte de la cultura política de occidente la concepción de lo “comunista” e incluso lo “socialista” referenciaba al enemigo a vencer, a aquella otredad a la que había que temer y combatir por atentar contra los valores y el orden social concebidos como los correctos.

Casi treinta años después del triunfo del bloque liberal, de la instauración del capitalismo globalizado como modelo hegemónico—y del gran fallo que representó la crisis financiera de 2008—, capítulos recientes como el Brexit, la victoria de Trump, el auge de partidos tildados de “antisistema”, como Podemos en España, o del avance inminente de partidos nacionalistas extremos como el Frente Nacional en Francia han incentivado en los medios de comunicación el enmarcado de estos sucesos como consecuencia de la aparición de lo que consideran el enemigo actual a combatir: “el populismo”, bajo una perspectiva reduccionista donde se le retrata como un mero sinónimo de demagogia.

¿Realmente se pueden meter en el mismo costal a Donald Trump, el empresario millonario y candidato del conservador partido republicano; a Pablo Iglesias, el líder del partido que emergió del movimiento de indignados del 15M para romper el bipartidismo PP-PSOE; y Andrés Manuel López Obrador, político profesional con años de militancia en el PRI y PRD previos a Morena y a quien más se le identifica en México con la etiqueta de populista? ¿Y Chávez, Maduro, Correa y Evo, los referentes latinoamericanos recientes del populismo se pueden entender en la misma dimensión también? ¿Cómo se explica entonces que Barak Obama se declarara populista en junio pasado en un intento reivindicativo del término e incluyera también a Bernie Sanders?

Pues precisamente partimos de que no existe un consenso sobre su definición. Según el filósofo argentino Ernesto Laclau, al populismo no se le puede atribuir un contenido ideológico específico (izquierda-derecha), porque lo concibe como una manera de construir lo político que reconfigura el orden social a través de un nuevo sujeto de la acción colectiva entendida como “pueblo”, que articula las demandas sociales dispersas no atendidas, y por tanto, establece una frontera donde “los de abajo” se movilizan frente a “los de arriba”.

Por su parte, Enrique Dussel, en su concepción de populismo como la aparición de un bloque histórico remarca la alianza en el poder entre burguesía y clase obrera y aporta características del discurso del líder populista, quien, desde un horizonte utópico, se configura simbólicamente como el héroe-padre-fecundador a quien las masas (el pueblo trabajador y marginado) le deposita su confianza, lealtad y reconocimiento para instaurar un nuevo orden ante la negatividad cotidiana con la que explica la realidad. Dussel también señala en los gobiernos populistas latinoamericanos del siglo pasado —como el del mismísimo Lázaro Cárdenas— el fomento del “retorno a lo nuestro”, de la construcción de lo nacional bajo una actitud de resistencia “antiimperialista”.

El espíritu anti-establishment: semilla del populismo del siglo XXI

En el siglo XXI, un elemento común en los discursos de aquellos movimientos, líderes y partidos señalados dentro de la amplia y heterogénea categoría “populista” es un sentimiento anti-establishment, cuyas causas y orígenes deben analizarse desde el contexto económico, político y cultural que la globalización neoliberal nos ha otorgado como orden hegemónico, porque la diferencia fundamental entre las múltiples expresiones populistas actuales —y que nos permite mayor claridad para distinguir a las que representan amenazas a los valores democráticos— es qué tipo de explicaciones y soluciones ofrecen para “los males sociales que aquejan al pueblo”.

En el estudio “Causas del rechazo a la globalización: más allá de la desigualdad y la xenofobia, publicado por El Real Instituto Elcano, se señalan cinco factores como los principales causantes del descontento con la globalización y el establishment liberal en las democracias avanzadas: el declive económico de las clases medias, el miedo a la pérdida de identidad nacional ante el impacto social y cultural de los movimientos migratorios, la crisis del Estado de bienestar, el desencanto hacia la democracia representativa y el impacto negativo en un sector de la clase obrera de la irrupción de las nuevas tecnologías en el mercado laboral.

El problema emerge cuando, ante el legítimo descontento de amplios sectores de la población por dichas causas, las alternativas de solución que se les presentan corresponden a una ideología en extremo xenófoba, racista, nacionalista, y proteccionista. Son los casos, por ejemplo de Donald Trump, Marie Le Pen o Nigel Farange, quienes retomando la estructura y elementos del discurso populista promueven una concepción de “pueblo” que excluye a los migrantes porque rechaza la pluralidad y exalta el sentimiento nacionalista con un tinte nostálgico, anacrónico e inviable de restablecer ante una economía globalizada.

Alternativas a los cantos de sirena

La vía para contraatacar de forma eficaz el auge de este tipo de populismos nacionalistas extremos, que pueden ser fácilmente la antesala a nuevos regímenes fascistas, autoritarios y antidemocráticos, parte del reconocimiento de que su creciente aceptación se debe a que sus líderes hablan llanamente de los problemas de la gente, ofreciéndoles soluciones (simples, fáciles y, sobretodo, falsas), pero que, ante la falta de percepción por parte de la ciudadanía de otras alternativas posibles y confiables, los primeros encuentran terreno fértil para ganar adherencias.

Bajo esta premisa adquiere especial pertinencia analizar la propuesta de Chantal Mouffe, quien, entendiendo el populismo como un momento de la acción política que, una vez en el gobierno, da pie a una renovación institucional necesaria para el fortalecimiento democrático, aboga por la configuración e impulso de lo que denomina como “populismo de izquierdas”, para así otorgar alternativas de respuesta y solución a las demandas sociales de aquellos sectores de la población que cargan con los saldos negativos de la globalización neoliberal, pero bajo una dirección progresista, garante de los derechos humanos y que reconozca en la diversidad racial y el pluralismo político la riqueza de nuestras sociedades.

El debate está abierto y para enriquecerlo de gran ayuda sería incluir la experiencia populista latinoamericana del siglo XX y el actual, con sus fallos y aciertos, para no caer en el sesgo de una visión anglosajona y eurocéntrica ante un fenómeno global. Lo importante es evitar los reduccionismos conceptuales que promueven burdas estigmatizaciones y que impiden un análisis más aterrizado sobre la complejidad del populismo del siglo XXI; los factores sociales, políticos y económicos que lo promueven y la diversidad de ideologías que lo están adoptando como forma de acción política. Sólo así se podrá construir colectivamente un piso firme para contraatacar con alternativas progresistas las posturas extremistas de aquellos que con sus cantos de sirenas atentan contra los valores democráticos emblemáticos de las sociedades modernas.

*La autora es consultora en comunicación política. Socia-directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia 

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