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Es hora de que los políticos renuncien a sus beneficios personales

En México se viven tiempos de crisis por el empecinamiento de la clase política en sostener intactos sus intereses, a pesar de las vulnerabilidades de la economía, que reclaman acciones contundentes e inmediatas, más allá de intereses mezquinos.

13-12-2016, 6:35:07 AM
A la acumulación de incertidumbres generadas por Trump se suman las incapacidades e indecisiones del propio gobierno mexicano.

El 2017 es el año en que la incertidumbre se escribirá con mayúsculas. La llegada a la Casa Blanca de un envalentonado como Donald Trump y su grupo de marginados, es suficiente razón para que el panorama se cubra de una espesa niebla de temores de todo tipo.

Como bien lo señala David Remnick en The New Yorker, Trump fue elegido mayoritariamente sobre la plataforma de los resentimientos, no de la moderación, Estado de derecho o compromiso. Así que no caigamos en la mentira de que estos polvos se asentarán, se normalizarán con el paso del tiempo y con el peso de las instituciones. Ellas mismas están en juego.

Las reiteradas amenazas al libre comercio, a la integración regional, la derechización de la Suprema Corte o las mayores restricciones para los visados de trabajo hacia EU son algunas expresiones del antiliberalismo que se ha instalado en Washington al grito de America first.

Pero, la espesa niebla que cae sobre nuestro territorio no solo proviene de los vientos que soplan desde el norte del río Bravo. En México se viven barruntos de crisis por el empecinamiento de la clase política en sostener intactos sus intereses, a pesar de las vulnerabilidades de la economía, que reclaman acciones contundentes e inmediatas, más allá de intereses mezquinos.

Los menores flujos de inversión esperados, las mayores tasas de interés para intentar detener las salidas de capitales y el declive de los flujos comerciales son argumentos suficientes para pensar que el crecimiento económico se debilitará aún más el próximo año, hacia 1%, con caída en la generación de empleos así como en los salarios reales.

El presupuesto para 2017, aprobado casi intacto por los diputados, es un vivo retrato de que nuestros políticos han decidido jugar con fuego, a pesar de las advertencias de la banca de inversión y de las calificadoras de riesgos.

Lee: Los perdedores (y ganadores) del Presupuesto 2017 

Y es que los anunciados recortes al gasto público desde 2015, con acciones como el llamado presupuesto “base cero”, no fueron más que llamaradas de petate, sin el peso específico necesario para revertir los serios cuestionamientos a unas finanzas públicas que caminan al filo de la navaja, por unos ingresos debilitados, una deuda que no para de crecer y un nivel de gastos que se ha mantenido prácticamente intacto.

En este presupuesto no se advierte una intención seria de alcanzar un mayor superávit primario, ni mucho menos de reducir la deuda como proporción del PIB, que serían indicadores deseables en medio de una espesa incertidumbre global y de las amenazas que vendrán de Washington. Amenazas que –entre otras- incluyen la reducción de impuestos en Estados Unidos y que obligarán al gobierno a hacer lo mismo (so pena de que nuestras empresas pierdan competitividad) vulnerando -aún más- los ingresos fiscales en México.

Tampoco hemos visto acciones de fondo para hacer creíble la llamada salvación financiera de Pemex, uno de los tumores más grandes de las finanzas públicas del país.

Lee: Esta es la (única) solución para salvar a Pemex

Así que el cuadro es desalentador. A la acumulación de incertidumbres, inflamadas por la irrupción de Trump y su grupo de secuaces extremistas en la Casa Blanca, se suman las incapacidades e indecisiones del propio gobierno de Peña Nieto, así como de una clase política que no está dispuesta a renunciar a sus prebendas, aunque ello implique arriesgar la estabilidad económica del país. Los riesgos se han disparado.

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