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El triste legado de las Olimpiadas para los brasileños

El legado de los Juegos Olímpicos de Río para el pueblo de Brasil parece estar más cerca del conflicto, la crisis y la carencia que de la gloria, la paz y la prosperidad. Las competencias están por comenzar. ¿Quién pagará la factura?

29-07-2016, 4:53:56 PM
El triste legado de las Olimpiadas para los brasileños
Baldomero Ruiz Ortiz

El 2 de octubre de 2009 todo era fiesta y optimismo en Brasil. Ese día el Comité Olímpico Internacional eligió a Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016. En la playa de Copacabana una multitud celebraba el resultado con música y baile. Los conductores de televisión de la Red Globo, la mayor empresa de telecomunicaciones del país, decían que nunca habían vivido algo parecido y anunciaban la noticia como una victoria del pueblo brasileño. Por primera vez en la historia, un país sudamericano iba a organizar los Juegos Olímpicos. El entonces presidente Lula da Silva declaraba, desde Copenhague, donde se realizó la elección, que ese día era “para conmemorar porque Brasil salió del nivel de un país de segunda clase y entró al nivel de un país de primera clase”.

Casi siete años han pasado. Este 5 de agosto de 2016 será la inauguración de los Juegos Olímpicos en el estadio Maracaná, pero el optimismo en el país se ha derrumbado. De acuerdo con una encuesta publicada el 19 julio por el instituto de investigación Datafolha, con sede en la ciudad de São Paulo, el 50% de los brasileños se declara en contra de la realización del magno evento deportivo. El porcentaje de opiniones negativas se duplicó en comparación con una encuesta similar realizada en junio de 2013. Adicionalmente, la reciente investigación indica que el 63% de los encuestados considera que las Olimpiadas traerán más perjuicios que beneficios.

El clima de opinión desfavorable ante la organización de los Juegos Olímpicos surge en el contexto de la severa crisis política y económica del gigante sudamericano. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, el Producto Interno Bruto de Brasil decreció 3.8% en el 2015 y este año se prevé una contracción del 4%, según indica el informe Global Economic Prospects, publicado en junio de 2016.

El legado de los Juegos Olímpicos de Río para el pueblo de Brasil parece estar más cerca del conflicto, la crisis y la carencia que de la gloria, la paz y la prosperidad. Te presentamos qué opinan los brasileños sobre la organización de esta justa deportiva y quién pagará la factura de este evento.

En cuanto a la crisis política, los escándalos de corrupción parecen no tener fin. El 12 de mayo de este año, la presidenta Dilma Rousseff fue apartada del cargo para enfrentar un juicio político por las supuestas maniobras de maquillaje fiscal en las cuentas públicas del Estado. A partir de ese momento asumió el gobierno el vicepresidente Michel Temer quien designó nuevos ministros. Tan sólo en las primeras cinco semanas del gobierno interino tres de esos ministros –Romero Jucá (Planeación), Fabiano Silveira (Transparencia) y Henrique Eduardo Alves (Turismo)–  tuvieron que renunciar a sus cargos por acusaciones de corrupción en su contra. Aunado a lo anterior, grandes sectores de la población han manifestado su rechazo a la presidencia de Temer y lo acusan de haber orquestado un golpe de Estado.

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Por su parte, el pasado 17 de junio, el gobernador de Río de Janeiro Francisco Dornelles decretó el “estado de calamidad pública financiera”, es decir, la entidad federativa se declaró en quiebra con el fin de obtener recursos federales para garantizar el cumplimiento de sus funciones habituales y de los compromisos adquiridos de cara a los Juegos Olímpicos.

El legado según los brasileños

En cuanto a la organización de las Olimpiadas, además del retraso en la entrega de las obras públicas y la construcción de infraestructura, posiblemente uno de los fracasos más vergonzosos es la fallida descontaminación de la bahía de Guanabara donde tendrán lugar las competencias de vela. Rebeca de Oliveira Santos, maestra en planeación urbanística y participante del Grupo de Investigación de Grandes Proyectos de Desarrollo Urbano de la Universidad Federal Fluminense, sostiene que pocos creyeron en la promesa de limpiar la bahía pues ésta recibe las aguas residuales de las ciudades en la zona metropolitana de Río de Janeiro y para cumplir la promesa se requería, en primer lugar, conseguir que varios municipios decidieran trabajar en conjunto e invertir grandes cantidades de dinero en función de un proyecto metropolitano y no sólo de la ciudad de Río de Janeiro.

Todo lo anterior no contribuye a generar un clima de opinión favorable a la justa deportiva. Por eso, en un afán de profundizar en las razones del rechazo hacia las Olimpiadas, a continuación se presentan fragmentos de algunas entrevistas realizadas por Alto Nivel a ciudadanos brasileños, habitantes de diversas ciudades del país. Más allá del aspecto deportivo, los entrevistados reflejan un balance del legado que dejarán las Olimpiadas para los brasileños.

Daiane Braz de Andrade, estudiante de Relaciones Internacionales y habitante de Niterói, en el área metropolitana de Río de Janeiro, manifestó su preocupación por el desalojo violento que sufrieron los habitantes de la región donde ahora se encuentra la villa olímpica, en la zona conocida como Barra da Tijuca:

“En estos Juegos Olímpicos los pobres continuarán segregados. Sufrirán, como ya han sufrido, problemas como la desapropiación de sus tierras y casas. También la prohibición del libre tránsito por ciertas áreas de la ciudad”. Y agrega: “Para los que sufrieron a flor de piel la expulsión de sus casas para la construcción de los complejos olímpicos, creo que el legado de las Olimpiadas será muy triste”.

Flavia Cesarino Costa, profesora de la Universidad de São Carlos, ubicada en el interior del estado de São Paulo, opina que el legado de los Juegos Olímpicos será similar al de la Copa del Mundo de 2014: “gastos sobrefacturados, mucha corrupción, desvío de la atención de las cuestiones que realmente demandan el cuidado de los poderes públicos”. Además, ella describe el ánimo de las personas en su ciudad con relación a los Juegos Olímpicos y el actual contexto de crisis económica:

“No hay grandes emociones explícitas, me parece, porque las personas están preocupadísimas por su sobrevivencia, por la posibilidad de perder sus empleos, por disminuir gastos, por las amenazas de daños a la educación a través de la reducción del presupuesto público”.

Júlia Conterno Rodrigues es una estudiante brasileña que recientemente regresó a su país después de hacer un posgrado en México. Ella narra sus impresiones del paso de la antorcha olímpica por la ciudad de Campinas, en São Paulo:

“En el paseo de la antorcha olímpica hubo gente que apoyaba el evento y curiosos que querían verla, pero también organizaciones militantes que denunciaban los perjuicios sociales del evento y del actual gobierno interino. Estas organizaciones también fueron aclamadas por la población ahí presente”.

Isa Neves, profesora universitaria en Salvador de Bahía, al noreste de Brasil, dice que en su ciudad se percibe desinterés, apatía y desánimo. “Las personas están comprendiendo que las Olimpiadas trajeron más daños que ventajas. No veo ningún legado positivo. Después de las Olimpiadas sólo quedarán las deudas que el pueblo brasileño va a pagar”.

Por otro lado, algunos entrevistados reconocen la importancia del acontecimiento deportivo que recibirá su país, pero manifiestan sus dudas en cuanto al éxito de la organización. En este sentido, Cleiton Araujo da Silva, un empresario y programador informático de Río de Janeiro, considera que “a una buena parte de la población le gusta el evento. Sin embargo, las personas sienten que no estamos preparados para un suceso de tal porte. Creen que tenemos necesidades más urgentes”.

Bertrand de Souza Lira, profesor y documentalista radicado en Joao Pessoa, la capital del estado de Paraíba, sostiene que el legado de las Olimpiadas será “apenas el hecho de saber que somos capaces de organizar un gran evento (eso si todo termina bien). Para los habitantes de Río, el legado será de muchos cambios en la infraestructura como la revitalización del centro de la ciudad”.

Giselly Rocha quien trabaja como voluntaria en la organización del evento olímpico opina que Brasil no estaba preparado para recibir las Olimpiadas y ni siquiera la Copa del Mundo del 2014. Ella se pregunta sobre la pertinencia económica de que su país organice tales eventos deportivos: “Si no hubiésemos organizado las Olimpiadas y la Copa del Mundo tal vez no estaríamos pasando por tantas dificultades financieras”.

En cuanto a la construcción de infraestructura, la entrevistada agrega: “Nos sentimos avergonzados por tanta obra inconclusa como la propia villa olímpica. Los apartamentos en los que se instaló la delegación de Australia, por ejemplo. Todos los atletas australianos abandonaron la villa olímpica hasta que se arreglen los desperfectos.”

Las amenazas terroristas

Las dudas en cuanto a la capacidad institucional para organizar con éxito las Olimpiadas, la corrupción, el gasto excesivo en un momento de crisis económica, la inconformidad ante gobernantes y políticos, los daños a grupos económicamente vulnerables y la reducción presupuestaria en servicios a la población son, en resumen, las inquietudes expresadas con mayor frecuencia en las entrevistas.

A este contexto de zozobra se suma una creciente preocupación por la posibilidad de un ataque terrorista. El pasado jueves 21 de julio, la Policía Federal de Brasil aprendió a 10 personas sospechosas de planear un atentado durante los Juegos Olímpicos. Como consecuencia, en los días siguientes se cancelaron alrededor de 20 mil reservaciones hoteleras en la ciudad.

Por su parte, el gobierno mantiene una fuerte presencia militar que, para los sectores de la población que se proponen manifestar alguna inconformidad durante las Olimpiadas, contribuye a crear un clima de intimidación. Al respecto, Rebeca de Oliveira comenta que el mensaje que muchos habitantes perciben de las autoridades es el de mantenerse en sus hogares: “El mensaje que están dando a la población es, de hecho, que no salgan de casa porque no se podrán manifestar, porque corren el riesgo de un ataque terrorista y porque no tiene sentido si no tuvieron dinero para comprar un boleto”.

Por eso De Oliveira concluye: “Mi impresión es que estas Olimpiadas no son para los brasileños”.

El legado de los Juegos Olímpicos de Río para el pueblo de Brasil parece estar más cerca del conflicto, la crisis y la carencia que de la gloria, la paz y la prosperidad. Las competencias están por comenzar. Si todo marcha bien, las hazañas deportivas ocuparán los titulares de los diarios en todo el mundo, pero al finalizar las competencias los brasileños seguirán pagando la factura de un evento deportivo del que se sienten excluidos.

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