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El silencio de políticos ante el debate por la familia

La mayoría de los líderes políticos con proyección nacional están evitando emitir una postura sobre el matrimonio igualitario, debate que pasó del plano legal al simbólico. ¿Qué significa este silencio?

El silencio de políticos ante el debate por la familia
Opinión
Alto Nivel 15-09-2016

Daniela S. Valencia*

George Lakoff, reconocido investigador en el campo de la lingüística cognitiva, expone brillantemente en su ya clásico libro No pienses en un elefante cómo las personas explicamos la realidad con base en nuestros marcos referenciales, los cuales se configuran según nuestra propia visión del mundo basada en determinados sistemas morales. Según el autor, la clave para formular argumentación política eficaz es evitar la evocación del marco de tu contrincante, que está fundamentado en sus valores, en su visión del mundo, sino más bien exponer la tuya utilizando tu propio lenguaje y así ofrecer a la audiencia otra realidad que señale (enmarque) tu argumento como el lógicamente válido o certero. O sea, pelear desde tu cancha y no caer en la de él

Pensada como una obra para dar herramientas a los militantes del partido demócrata en la pugna ideológica (donde comienza la lucha por el poder) contra los republicanos en EU, en unos de sus ejemplos retoma los discursos de “la libertad para casarse”, promovida por los primeros, contra “la defensa del matrimonio”, argumento central de los segundos en los debates sobre los matrimonios igualitarios en aquel país. 

La discusión legal que se volvió simbólica

En México, la iniciativa de ley que el presidente Peña Nieto presentó en mayo pasado en torno a este tema ha suscitado fuertemente en la arena pública la lucha entre estas dos posturas. Si bien Emilio Gamboa y César Camacho, líderes de las bancadas del PRI en el Senado y la Cámara de Diputados, respectivamente, ya han declarado su negativa a impulsarla en el presente periodo ordinario de sesiones aduciendo “otras prioridades” en la agenda legislativa y que, de facto, y gracias a una tesis jurisprudencial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de 2015, las parejas homosexuales ya pueden contraer matrimonio mediante un amparo, grupos conservadores promovidos por algunas iglesias, especialmente la católica, se han movilizado para pronunciarse en contra, enmarcando esta iniciativa de ley como un “atentado” o “amenaza” contra la familia tradicional, de ahí su nombre apelando a una idea de defensa o salvaguardia: “Frente Nacional por la Familia” (FNF). 

En efecto, además de ser un debate legal en torno a la reivindicación de los derechos humanos de la comunidad LGBTTI para que accedan a los beneficios materiales que el matrimonio civil otorga (como seguridad social, herencia, derecho de adopción), la médula de la discusión es más bien de orden simbólico, ya que cuestiona a profundidad el orden social históricamente establecido (heteronormado y patriarcal) al señalar y legitimar la resignificación que han adquirido dos conceptos fundamentales entre los sectores progresistas: “matrimonio” y “familia”.  El lenguaje recrea la estructura social, y sí, aunque suene a cliché, la familia es la célula de la sociedad misma.

De ahí el repelús que causa al FNF que a las parejas homosexuales se les reconozca en la Carta Magna la posibilidad de ser nombrados como “matrimonio”: porque al equipararlos semánticamente a un matrimonio heterosexual se promueve que en el imaginario colectivo se afiance la concepción de la naturalidad de su existencia “que se junten si quieren, pero que se llamen de manera diferente”. Y es que, la ideología conservadora concibe la otredad como peligrosa: “lo que no es parte de mi identidad es enemigo de mi propia identidad, la vulnera”. Bajo esta lógica de pensamiento se fundamenta su interés por mantener el significado de “familia” como la conformada por esposa, esposo e hijos (aunque la realidad actual desentone con esta pretensión de propiedad simbólica).  

Afortunadamente, la respuesta de los cada vez más amplios sectores progresistas ha sido inmediata, a muchas voces y de la manera correcta para lograr eficacia según la tesis de Lakoff: explicando con claridad el porqué el FNF cree lo que cree y contra argumentando desde una perspectiva que enmarca los valores de la inclusión, tolerancia, respeto y, sobre todo, apreciación de la diversidad: #TodosSomosFamilia y #AmoresAmor.

Los políticos callan con miras a 2018

La iniciativa presidencial que abrió un nuevo capítulo a este debate tiene ya la congeladora como su destino cantado; sin embargo, la coyuntura invita a realizar un diagnóstico que intente clarificarnos: ¿Cuál de los dos bloques ideológicos forma mayoría en el país? ¿Cuáles son los valores dominantes en nuestra sociedad? A veces, cada uno en nuestra realidad inmediata olvidamos el México de contrastes al que pertenecemos y que pudiera ser la razón por la que la mayoría de los líderes políticos con proyección nacional, han evitado emitir postura al respecto estos días.

Han de reconocerse las excepciones, como el tuit de Beatriz Mojica Morga, secretaria general del PRD que el mismo día de la “Marcha por la Familia” ironizó sobre la similitud de sus demandas con las creencias del medievo. En el caso de los presidenciables, Margarita Zavala, quien, hasta el día de ayer, sin hacer referencia directa a su aceptación o rechazo a los matrimonios igualitarios, y en parte aducido a la presión de muchos tuiteros, reiteró su rechazo a la homofobia. ¿Y todos los demás? Si esta discusión ha sido preponderante los últimos días en la opinión pública, ¿no deberían ser obligatorios los posicionamientos de nuestros representantes populares y de todos aquellos que aspiren a serlo? Sobre todo, cuando se trata de un tema que, como ya se ha señalado, define en mucho los valores de cada quien, y está probado que las personas votan en mayor medida conducidas por sus valores identitarios que por programas electorales. 

En comunicación política el silencio dice mucho. Pareciera como si esperaran que la ola pase, omitiendo cualquier pronunciamiento a favor o en contra que forzosamente los desvincularía con sectores específicos del electorado, pero, sin duda, los conectaría con otros. En general, lo que se observa es reticencia a jugar la apuesta para no pagar después el coste político ante un 2018 que pinta competitivo y donde la búsqueda del centro en el espectro ideológico será la estrategia general.

Sólo mucho ojo a aquellos actores que se autonombran como “la auténtica izquierda y esperanza del país”, porque para ellos su omisión en estos momentos les puede salir costosa después.

*La autora es consultora en comunicación política. Socia-directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia 

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