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El espejo negro de México se llama Javier Duarte

¿Qué llevó a que el gobierno, por fin, actuara para capturar al exgobernador de Veracruz? No se sabe, pero parece que fue la derrota electoral y el ridículo que les dejó su masivo saqueo.

19-04-2017, 6:35:32 AM
javier duarte
Foto arte: Sofia Ugalde

México tiene hoy un espejo negro en el que se mira y asquea: el duartismo. Lo que se sabe del caso de Javier Duarte, y el comportamiento oficial durante su régimen y hasta hoy muestran una impactante podredumbre.

Quizá mañana se haya caído más bajo con Odebrecht (el silencio gubernamental dice mucho), pero actualmente lo más oscuro es esa gestión, por llamarla de alguna manera, del gobierno veracruzano.

¿Qué hace particularmente negro al duartismo? Lo primero son los montos que se dice fueron expoliados a los contribuyentes. En el cinismo que rodea la corrupción en México (cultura, si se quiere usar otro término), un funcionario honrado no es visto como ejemplo a seguir, sino un estúpido que no aprovechó la ocasión, Duarte destaca por su astronómica magnitud.

Las “irregularidades” detectadas por la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ascienden a 35,000 millones de pesos. Irregularidades no son necesariamente robo, pero es la cifra más abultada nunca reportada por la ASF.

A esacifra habría que agregar los negocios privados (recibiendo pagos con recursos públicos) que pudieron hacer Duarte, su familia, amigos y prestanombres al amparo del poder –y todo indica que pudieron hacer bastante.

En la mente de muchos, Duarte se pasó de la raya. Una cosa es robar “poquito” (por citar a un clásico) o, bueno, “normal” y otra es una voracidad ilimitada. Una cosa es un rancho-hacienda en el terruño local combinado con alguna ostentosa propiedad en Miami (al parecer ahora uno de los lugares preferidos del rat set mexicano), junto con unos negocios que aseguran el flujo de efectivo.

El súbito enriquecimiento en un político de alto nivel se mira siempre con sospecha, pero al cabo es “normal” (fue Gobernador/Senador/Diputado, ¿no?). En otro nivel se encuentra el larguísimo listado de propiedades que ahora se adjudican a Duarte, de Nueva York a Texas y Miami; de la Ciudad de México a Europa.

Lo que es evidente es que quien fuera Secretario de Finanzas de su estado tenía el conocimiento y el objetivo de transformar la maquinaría gubernamental en un sofisticado aparato de expolio. Una voracidad que, de nuevo, rebasó los límites más básicos de la decencia, si se llegó a extremos como el de inyectar agua destilada en lugar de quimioterapia a niños con cáncer. Es esa clase de brutalidad la que, de nuevo, coloca a Duarte en un círculo muy inferior en el amplio infierno dantesco de la corrupción en México.

Semejante rapacidad obliga la pregunta: ¿el Gobierno Federal no sospechaba que cientos o miles de millones no llegaban a su destino hasta que un reportaje en Animal Político, en mayo de 2016, mostró el robo en gran escala? La benevolencia hacia Duarte, ¿fue resultado de ignorancia, estupidez, complicidad, o una mezcla de todas ellas?

Porque el espejo negro del duartismo fue construido en buena parte por el Gobierno Federal. Fueron años, por lo menos meses, de inacción, de aparentar que no pasaba nada, de una especie de cruzar los dedos esperando que la “tormenta mediática” pasara. No era una mala apuesta, al fin y al cabo, es la historia tantas veces repetida. Duarte parecía absolutamente tranquilo, cierto de que gozaría de absoluta impunidad cuando acabara su encargo.

¿Qué llevó a que el Gobierno, por fin, actuara? No se sabe, pero más parece que fue la derrota electoral y el ridículo que les infligió Duarte en su masivo saqueo. Todo el mundo sabía que escaparía. Todos, esto es, menos aquellos que debían arrestarlo. Después de pasearse hasta por estudios de Televisión y proclamar (faltaba más) su ética y limpieza en casi cadena nacional, pidió licencia, se trepó a un helicóptero cortesía de su sucesor priista, y desapareció tan campante en el horizonte.

El factor electoral abona al cinismo: un estado permanentemente priista cayó en la oposición, y el nuevo gobernador se encargó de evidenciar las numerosas estafas. El régimen federal no encontró un cómplice silencioso en el sucesor de Duarte, sino un acusador constante. Por lo que otra pregunta se suma a las numerosas: ¿qué hubiera ocurrido si el PRI o Morena (aparentemente financiada en abundancia por el duartismo) ganan esa elección? ¿Estaría hoy el veracruzano preso en Guatemala o disfrutando de alguna propiedad en Estados Unidos?

El PRI queda mucho más desnudo que de costumbre (dado que el caso Duarte es el más extremo, pero uno entre muchos gobernadores rapaces). Sus dirigentes batallan en forma patética en esa arena movediza.

El presidente del partido, cuya ética personal no le impidió aceptar una abultada liquidación al renunciar a una paraestatal y pasar de inmediato a la nómina del partido, lanza lo que resulten risibles arengas contra la corrupción.

El líder tricolor en la Cámara de Diputados, afamado coleccionista de relojes de calidad (uno solo bastaría para alimentar a una familia pobre en Chiapas o Oaxaca por años), ahora pide que la gente caiga en forma voluntaria en esa amnesia tantas veces conveniente para su agrupación política: que no consideren a la bola de rateros priistas y que voten, faltaba más, por el PRI. Es de suponerse que con similar ingenuidad y cinismo pretenden ganar en 2018.

El Gobierno Federal ahora entra en un nuevo terreno, igualmente negro: el de la transa y la negociación de la justicia.

El sensacional arresto de Javier Duarte cumple con muchas características de entrega pactada, como fueron las previas vacaciones en compañía de la familia, porque el Procuraduría General de la República informó, oficialmente, que ni la esposa de Duarte ni la familia cercana del ex gobernador tienen órdenes de aprehensión pendientes.

La frase citada es contundente: puede moverse libremente por México y por cualquier parte del mundo que quiera (es de suponerse que preferirá alguna propiedad en Nueva York o Europa). Toda la apariencia de un toma y daca. Un espejo tan negro como la noche, que lo poco que refleja provoca asco.

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