Para EntenderPolítica y Sociedad

Cómo distinguir las noticias falsas, las reales y el mal periodismo

No todo el mundo tiene tiempo de investigar cada nueva fuente, y tampoco es buena idea utilizar sólo unas cuantas que consideramos de fiar.

30-03-2017, 4:22:23 PM

Por Alana Moceri*

En su discurso de despedida, Barack Obama recordó “la democracia los necesita”. No es una exageración esta frase porque, en el mejor de los mundos, la base de la democracia es la gente. Las raíces de la democracia están en formas de gobierno muy participativas, y los sistemas representativos de las naciones-Estado actuales nos alejan del gobierno, por lo que necesitamos a la prensa para estar informados.

Recientemente escribí sobre una nueva expresión que está siendo objeto de gran interés, el mundo posverdad, y sobre el hecho de que, en realidad, no es nada nuevo. Los intentos de confundirnos y engañarnos son una realidad desde que existe la prensa, y restringir la libertad de expresión para tratar de solucionarlo no sirve más que para deteriorar más la democracia.

Con todo, los ciudadanos que pretenden mantenerse activos e informados tienen ante sí un auténtico desafío, el de abrirse camino en el complejo ecosistema mediático actual. ¿Cómo se puede saber qué es real, falso o simplemente mal periodismo?

Quienes escribimos e investigamos tenemos que ser muy precavidos con nuestras fuentes, porque nos jugamos nuestra reputación. No todo el mundo tiene tiempo de investigar cada nueva fuente, y tampoco es buena idea utilizar sólo unas cuantas que consideramos de fiar. Cualquiera que utilice Facebook, Twitter u otras redes sociales se ve bombardeado con noticias procedentes de todas partes. Aunque está bien tener tanta información al alcance de la mano, no toda es igual de fiable ni merece compartirse.

Los directores de periódicos y responsables de informativos han dejado de ser los guardianes exclusivos: lo somos todos. Empecemos, pues, por ponernos de acuerdo en dejar de enviar artículos sólo por el titular. Vamos a comprometernos a no compartir más que artículos que hayamos leído por completo. ¿Seremos capaces?

 

Lean el artículo y luego respiren hondo y háganse las siguientes preguntas:

¿Quién es el autor?

¿Qué requisitos cumple esta persona para escribir sobre este tema? Si no está firmado y no es un artículo de la revista The Economist, cuidado. Pero lo más frecuente es que figure un nombre, y entonces hay que enterarse de quién es. Por ejemplo, ¿qué saben de mí? ¿Qué me da derecho a escribir este artículo? El hecho de que me lo publiquen en esglobal quiere decir que ha tenido que pasar el filtro de unas editoras muy exigentes. Pero, si se hubieran encontrado este texto en mi página web, ¿cómo habrían sabido si podían fiarse de él o de mí?

Un buen sitio para empezar es el enlace “About”, “Quiénes somos”, o la página en la que figura la biografía (aquí está la mía), que debería explicar por qué está cualificada esa persona. En general, hay tres formas de reunir los requisitos apropiados para escribir sobre política: escribir mucho, normalmente como periodista; tener títulos universitarios y, normalmente, un puesto de profesor; o trabajar profesionalmente en política, la mayoría de las veces en la administración o en campañas electorales. O con una combinación de las tres cosas. También hay famosos que consiguen que les publiquen artículos solo por el nombre y por las tonterías que dicen; desconfíen de ellos.

¿Todavía no están seguros? Búsquenlo en Google. Deberían encontrar otras cosas que haya publicado, quizá una página de LinkedIn o Wikipedia que permita conocer algo más. El hecho de que tenga muchos seguidores en Twitter puede indicar credibilidad, pero, si sigue a tantas personas como le siguen, no está tan claro.

¿Quién publica el texto?

Esta pregunta es fácil cuando se trata de un medio de comunicación conocido pero, incluso con medios conocidos, las noticias reciben un tratamiento muy diferente en unos y otros. Si es un periódico muy conocido, lo normal es que haya varios editores que han verificado todos los datos antes de publicarlo. Menos fiables son las páginas web de las que no sabemos nada. Eso no significa que tengamos que descartarlas por completo, porque a lo mejor descubrimos una fuente de noticias maravillosa. Pero también en este caso es útil empezar por la página de “Quiénes somos” para averiguar de dónde salen y quién es el dueño. Si la información no está clara, se puede comprobar quién posee ese dominio aquí: http://www.whois.sc/. De hecho, el propio sufijo del dominio también puede darnos un poco más de información. Igual que con los autores, si la información sobre la página web no está fácil de encontrar, búsquenla en Google y miren en su página de Wikipedia, si la hay.

¿Cómo se financia esta publicación o página web?

En su clásico título de 1988 Manufacturing Consent (edición española, Los guardianes de la libertad, 1990), Noam Chomsky y Edward Herman argumentaban que la estructura institucional influye en el resultado. Su investigación se centraba en los medios de información privados, que son empresas que ganan dinero con las noticias, sobre todo, a través de la publicidad, y su conclusión era que eso tiene una profunda influencia en los contenidos que transmiten. Pero, además de los medios privados, existen medios de comunicación públicos, propiedad del Estado, y medios independientes (en su mayoría, sin ánimo de lucro), cada uno con sus propios inconvenientes y ventajas. Otras fuentes de noticias y análisis son los think tanks, las organizaciones no gubernamentales y las instituciones internacionales como la ONU. Repito, es importante saber quién financia ese contenido y cuáles son sus objetivos. La información sobre el Tratado Transatlántico sobre Comercio e Inversiones (TTIP) en la página web de la Dirección General de Comercio de la Comisión Europea es muy distinta de lo que dicen Greenpeace o Politico.eu, porque cada uno tiene distintos objetivos, pero, si se leen todos ellos, el resultado es una perspectiva mucho más amplia sobre el tema. Igual que es buena idea seguir las noticias en medios de diferentes países, también lo es utilizar distintos tipos de fuentes con diversos modos de financiación.

Otras preguntas básicas sobre el aspecto, la sensación y el propósito del contenido:

¿A quién va dirigido?

Esto les dará una idea más clara de por qué dicen lo que dicen y cómo lo dicen. ¿Está dirigido a una franja de edad determinada, un nivel de educación concreto, un sector profesional o grupo de activistas específico?

¿Está bien escrito?

¿Está lleno de errores gramaticales y de ortografía? Eso quiere decir que no se ha sometido a un proceso de edición como es debido, y, si la redacción no está bien, es difícil creer que los datos estén bien.

¿Cuándo se publicó esta información?

Si no hay fecha, es un grave fallo, porque es crucial saber cuándo se ha publicado algo.

¿Proporcionan sus fuentes?

Con los hipervínculos es muy fácil, de modo que, si una publicación en la Red o una página web no es transparente sobre el origen de sus informaciones, hay buenos motivos para poner su trabajo en tela de juicio.

Y por último, las cuestiones verdaderamente importantes:

¿Es creíble la información?

Esta es la pregunta fundamental, por supuesto. No hablo de objetividad ni imparcialidad; eso no existe. Pero sí de saber si hay un intento sincero de contar la realidad tal cual. Los enlaces con las fuentes son una forma de comprobarlo, pero, si no los hay, ¿qué hacemos? Tanto si dudan de la veracidad de una noticia como si simplemente les interesa el tema, lo más sencillo es mirar cómo han informado de ello otros medios. De hecho, los cursos de comunicación política siempre incluyen un análisis comparativo de contenidos en el que los alumnos deben seguir la misma información en varios medios distintos, o seguir varios de ellos durante un cierto tiempo para ver de qué informan, de qué no y cómo. Los resultados son esclarecedores, y no siempre coinciden con lo que se podría esperar.

¿Es demasiado bueno (o demasiado horrible) para ser verdad?

Este es el aspecto es en el que debemos ser completamente sinceros con nosotros mismos. Cada uno sabe lo que encaja con sus inclinaciones políticas, de modo que fíense de su instinto y, si esa información refuerza sus opiniones o da un golpe espectacular a todo lo que aborrecen, tengan precaución. Muchas de estas páginas hechas sólo para obtener visitas (click-bait) no tienen ningún aprecio por la verdad, no son más que gente que quiere ganar dinero. La última con la que me topé en Facebook fue una lista denominada “Repaso a la semana federal”, con todas las terribles cosas que había hecho el presidente Donald Trump. Era muy tentador compartir esa lista para demostrar a mis amigos lo imbécil que es el personaje, pero me llamó la atención el punto número uno: “Trump despide a todos los embajadores y enviados especiales y ordena que dejen el cargo antes de su toma de posesión”. Yo sé que es habitual que los embajadores de designación política presenten ellos mismos su dimisión coincidiendo con el día de la toma de posesión, así que me dispuse a verificar la noticia y me encontré con que la afirmación no era cierta. Un gran sitio para comprobar todo ese tipo de historias es Snopes.com, que tiene un artículo sobre la noticia de que Trump supuestamente despidió a todos los embajadores. Otra página web muy útil para descubrir la verdad es Factcheck.org.

No crean que esto es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos, las noticias falsas están extendiéndose también en Europa. En diciembre, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, instó a las redes sociales a esforzarse más en combatir la información falsa. Asimismo, un análisis de BuzzFeed muestra que la Canciller alemana, Angela Merkel, se ha convertido en blanco de “páginas web y páginas de Facebook hipersectarias”, que publican noticias falsas y teorías de la conspiración sobre ella en inglés y alemán: yournewswire.com (en inglés), anonymousnews.ru (en alemán) y AWDNews.com (en inglés, francés, alemán y español), entre otras.

La democracia nos necesita de verdad y, si tienen intención de defenderla, les tiene que preocupar que la información que reciben sea veraz. Se trata, en última instancia, de leer con mirada crítica y tener la mano firme ante el botón de compartir. Ser ciudadano es una tarea difícil y complicada, como la propia democracia. No podemos estar al tanto de cada detalle y cada acontecimiento. Pero sí podemos hacer un esfuerzo real para mantenernos informados.

*Alana Moceri es analista de relaciones internacionales, comentarista y escritora. Profesora de la Universidad Europea de Madrid.

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