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Donald Trump y la cara oscura de Estados Unidos

La aparición de Trump en el escenario político y el rosario de triunfos electorales en las primarias han sacado a la luz los retorcidos cimientos de la cultura política republicana.

04-04-2016, 5:09:30 PM
Donald Trump y la cara oscura de Estados Unidos
Isabel Turrent

Una cultura política que se había mantenido más o menos oculta por décadas bajo el manto de la tan cacareada “excepcionalidad democrática” del país. Esa excepcionalidad ha dado paso en los últimos años –desde la elección del demócrata Barack Obama en 2008– a una polarización política que ha paralizado la capacidad de gobernar del presidente. Muchos han repartido la responsabilidad de esa polarización, por un igual, entre republicanos y demócratas.

Lo cierto, como ha señalado E.J. Dionne en su reciente libro Why The Right Went Wrong [Por qué la derecha se torció], es que la polarización política que vive Estados Unidos es básicamente asimétrica. El Partido Republicano o GOP (iniciales del nombre tradicional Grand Old Party), al que tan mal le va, ha optado –ayudado por el sistema bipartidista y la estructura institucional– por una política de bloqueo sistemático de cualquier iniciativa proveniente de la Casa Blanca. Los republicanos han demonizado el compromiso bipartidista, esencial para gobernar, y han destruido la civilidad indispensable para un gobierno eficaz, especialmente cuando, como hoy, Capitol Hill está dominado por un partido y la Casa Blanca, por otro.

Hasta la irrupción de Donald Trump, los republicanos habían recurrido al manto de la Constitución o de lo que puede llamarse la tradicional ideología republicana para defender sus políticas. Se opusieron, y pretenden todavía, desmantelar el sistema de salud llamado Obamacare, porque están en contra de un Estado fuerte que pueda “violar las libertades individuales”. Han apoyado la venta de armas de alto poder (y a la generosa Asociación Nacional del Rifle, la cual otorga o retira apoyo económico a candidatos dependiendo de su posición frente a la libre venta de armas), porque una añeja enmienda constitucional –en aquellos tiempos cuando el naciente país podía necesitar una milicia popular– permite a los ciudadanos armarse. Y aun antes de Trump apoyaban la deportación de inmigrantes ilegales, porque habían entrado en Estados Unidos violando la ley, pero estaban en contra de cualquier reforma migratoria que permitiera su legalización, cerrando un círculo vicioso y salvando, de paso, su buena conciencia.

El problema para estos constitucionalistas, que incluyen al llamado Partido del Té (Tea Party), es que Trump ha desfondado su retórica política y ha puesto de manifiesto los retorcidos resortes y los cimientos escondidos de la cultura política republicana, que no tienen nada que ver con la Constitución.

La Constitución proclama la igualdad de todos. Los republicanos de hoy son profundamente racistas, porque arrastran un doble pecado de origen: el genocidio de los indios nativos, que estaban en Estados Unidos mucho antes de la llegada del Mayflower [año 1620], y la esclavitud.

Muchos grupos nativos fueron exterminados, junto con su hábitat y sus medios de subsistencia. El resto fueron aplastados militarmente, en el siglo XIX, para abrir las tierras del llamado Middle West a millones de inmigrantes europeos, y debidamente confinados en guetos de miseria. Rara vez son noticia.

Los negros o afroamericanos (como les llaman hoy en día los estadounidenses para ocultar el racismo de la nación con eufemismos) resultaron un problema aún más inmanejable. Liberados durante la cruenta Guerra Civil, los que siguieron viviendo en los Estados Confederados y considerados una amenaza para la “supremacía de la raza blanca” se convirtieron en el objetivo favorito de grupos racistas (como el infame Ku Klux Klan, que apoya ahora a Trump) y fueron sometidos a una segregación sin fisuras.

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El acuerdo tácito entre las élites del sur y los políticos demócratas en Washington mantuvo por décadas la segregación en el sur a cambio de votos. La ecuación cambió hacia rumbos inesperados en 1964, con el aplastante triunfo del demócrata Lyndon B. Johnson sobre Barry Goldwater.

Johnson emprendió las reformas que pasaron a la historia como la Gran Sociedad y que serían el principio del fin de las políticas segregacionistas en el sur. Su triunfo fue doblemente pírrico: Johnson, un político hábil y astuto, sabía –y lo dijo más de una vez– que con la reforma los demócratas habían perdido el sur.

Goldwater logró, por lo demás, convertir su derrota en victoria. Se erigió como el ideólogo del programa que el Partido Republicano blande hasta el día de hoy: la reducción del Estado a su mínima expresión, baja de impuestos (sobre todo a los sectores más ricos), defensa de valores culturales añejos, el desmantelamiento del Estado benefactor (herencia de Franklin Roosevelt) y el cierre del país a nuevos inmigrantes.

El año de 1964 abrió, asimismo, las puertas al político que, montado en el proyecto de Goldwater, implementaría la Gran Estrategia Sureña que consolidaría la alianza de los republicanos con el sur: Richard Milhous Nixon.

La coalición entre el GOP y las élites blancas del sur resultó un éxito político para los republicanos, pero una fuente de frustración y rabia para el electorado –ese coraje en el que abreva Trump– porque el GOP nunca pudo cumplir las promesas de Goldwater a sus votantes del sur.

Muchos norteamericanos no estaban dispuestos a perder los beneficios que reciben del gobierno federal y a poner en riesgo la seguridad de la nación recortando el gasto militar: encoger el Estado resultó imposible. Ni siquiera el héroe de los conservadores republicanos, Ronald Reagan, pudo lograrlo.

*Este es un extracto del texto que el autor escribió para Alto Nivel y que podrás consultar completo en la edición impresa de abril. Busca tu ejemplar en los principales puntos de venta, suscríbete en línea o descarga la revista digital. Sigue nuestra conversación en Twitter y Facebook.

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