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Donald Trump y el fascismo estadounidense

Estados Unidos clama desde hace tiempo una dictadura militar de corte fascista que recupere el poder mundial, minado por Rusia y China.

07-03-2016, 4:59:04 PM
Donald Trump y el fascismo estadounidense
Melchor Arellano

El papel de Donald Trump en el escenario electoral de Estados Unidos encarna una sociedad brutalmente condicionada para aceptar un posible dictador en el futuro. Ello no es extraño, puesto que en el periplo estadounidense, solo vendría a afirmar el proceso de gestación de una dictadura militar de corte fascista, que el país de las barras y las estrellas clama desde hace tiempo.

La continuidad de la ultraderecha estadounidense fue sembrada desde los Elizabethianos del siglo XVI, cuando llegó para fundar un nuevo mundo: su mundo. Esta idea no se ha ido, sigue ahí; en las élites que gobiernan al coloso del norte, las minorías que han impuesto el control del poder global y que reclaman su sustanciación final: la dictadura castrense.

Con Trump solo se reitera la fabricación de ese constructo social en la historia estadounidense.

Trump representa el sentir de los estadounidenses conservadores, los cuales ven en él la recuperación del poder mundial, minado en Siria por Rusia y mercantilmente por China. Es una realidad galopante sobre un personaje que busca el poder basado en la superioridad racial. Si llegara como encarnación fascista a la candidatura presidencial en Estados Unidos, sería resultado del trabajo de la ultraderecha gringa y su bien montado poder mediático.

Que “atraiga” a millones de estadounidense resulta obvio y raro sería que estos se definieran por otra opción. Lo que sí sería grave, es que de llegar Trump a la candidatura republicana, desnudaría al otro ser estadounidense: racista, clasista, sexista, violento, represor, histérico y sociópata. El que se ajuste en buena medida a la tipología nazi fascista, no tiene nada de especial. Las figuras de Mussolini y Hitler le son atractivas, porque encarna la manipulación y control histérico de quienes quieren la dictadura militar en Estados Unidos.

Decir que es el padre del fascismo moderno está fuera de toda proporción e implica darle una importancia que no tiene, puesto que como líder, es bastante malo en sus elocuciones y no es ni una calca del arrastre de Hitler y Mussolini. Si bien ataca al no-pueblo y remueve el debate psicópata de las conspiraciones del exterior, sus peroratas son solo una búsqueda de violencia emotiva y visceral, de alguien que se dio cuenta que, bajo ese discurso, bien podría obtener buenos dividendos.

Trump apela a los derechos del nativismo y xenofobia contra las minorías hispano hablantes y racismo propio de su estirpe, como forma de construir y reconstruir un discurso en un país sediento de poder y gloria, bajo la conducción de un “patriarca mundial”. Hitler quería el control en Alemania y de esta sobre el mundo mismo. Su gloria era la gloria nacional y total, mientras que Trump, aún no sabe manejar ese escenario pernicioso, pero ha encontrado eco en quienes buscan el éxito, a costa de este sujeto dispuesto a encabezar esa “nueva” gobernanza global.

No es crítico con el tema de la guerra y violencia porque forma parte de su aspiración central: la guerra ha sido, es y seguirá siendo el negocio de Estados Unidos, dentro y fuera de sus fronteras. Esa es la parte oscura de su discurso, de su macabra idea de gobernar para afirmar el espíritu “guerrero” de un país, impune, destructivo y generador mundial de miedo contra enemigos construidos.

Reencarna la idea hobbesiana del miedo como base de la imposición de la seguridad y fuerza del Estado, a cambio de la cesión total de la libertad. Insistirá en atacar a musulmanes y mexicanos, para enardecer el espíritu racista y homofóbico de las élites seculares, sobre una sociedad miedosa que ve como único camino la imposición de la fuerza y conversión del país en gendarme del mundo. Es un fascista investido de nacionalista; un nazista con cara de loco, antes que de líder convincente que tiene la suerte de ser el sociópata que también gusta a muchos gringos. ¿O de pronto Estados Unidos reverencia a un líder fascista?

Un sociópata inflado por los medios

No, Estados Unidos también es fascista en su forma más conspicua de gobierno y concepción del mundo, al que busca redireccionar de modo dictatorial, racista e inquisitorial. El cuento maniqueo respecto a que Estados Unidos sigue siendo el país de la iluminación es ya un cliché pasado de moda. Estados Unidos, en buena parte, es xenófobo y racista. Un racismo imbricado en parte del electorado que llevaría a Trump a la candidatura republicana o ultraderecha estadounidense. Trump quiere demostrar que hay diferencias entre republicanos y demócratas, para asirse a la candidatura republicana, en un entorno mediático ávido de estridencias, desplantes nazi fascistas, porque “es lo que vende”; un sociópata que los medios fabrican y reconstruyen constantemente.

El centro y sur estadounidenses, preconizan la supremacía blanca y costumbre histórica de esclavitud y racismo, presente en las estridencias de Trump. Este juega a las reacciones contra Obama, al que tacha de timorato, débil y complaciente con Rusia y China, lo cual le genera dividendos en una sociedad ávida de poder y gloria. Su megalomanía, oligofrenia, narcisismo, paranoia, sociopatía y psicopatía, intentan ser una nueva modalidad del racismo de ultraderecha, que gobierna y ha gobernado a Estados Unidos.

La idea de la pureza de raza de Trump es una caricaturesca copia del slogan de Hitler inflada por el entorno mediático. La limpieza de raza como resabio de las teorías de pureza racial en el siglo XXI, constituyen la asunción del prototipo de dictaduras fascistas que gustan a Trump y a algunos estadounidenses en elecciones atractivas al pulpo mediático. La angustia de nuestros compatriotas está justificada, puesto que serían las principales víctimas, mientras el Estado mexicano no parece darse por enterado. Sería un hito histórico si Hillary Clinton fuera la candidata demócrata, pero la polarización antimexicana de Trump ya construyó un camino imposible de borrar, igual que el sendero que transitará Estados Unidos hacia la dictadura militar.

La postura del gobierno mexicano, ha sido timorata, sin estrategia, displicente y conducida sin eficiencia, prontitud, pertinencia u oportunidad ante personajes como Trump. Tenemos una Cancillería sin oficio, un embajador sin empuje e inteligencia para fijar una posición clara respecto a la narrativa de Trump. Incluso, la izquierda mexicana ha fallado en pronunciarse al respecto.

A estadounidenses que viven en México, particularmente en la Península de Baja California no se les ha preguntado si son nuestros aliados frente a Trump, al igual que a mexicanos de padres estadounidenses, los cuales estarían hipotéticamente de nuestro lado. Más allá del perfil patológico de Trump, es la historia estadounidense la que está en juego y por desgracia, no difiere mucho de lo que busca este personaje siniestro.

Obama y el entorno mediático jugarán la farsa electorera estadounidense cuyas máximas funestas de podredumbre racial y omnipotencia, habrán de ser repetidas por Trump, frente a una indecible pasividad del gobierno mexicano. ¿O no?

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