A Fondo

Finanzas públicas de México: La solidez se desgasta

La solidez macroeconómica que presume México está en peligro. El Gobierno debería aceptar que el déficit fiscal es parte importante del problema.

03-03-2016, 8:58:32 AM
Salvador Kalifa

El secretario de Hacienda y el gobernador del Banco de México (Banxico) han insistido desde fines de diciembre de 2014 que la depreciación del peso está influida por variables externas, como la caída del precio del petróleo, la normalización de la política monetaria de Estados Unidos (EU) y los trastornos económicos en China, pero que los fundamentales macroeconómicos del país están bastante sólidos. Estos mensajes los repitieron en mensajes a los medios entre enero y febrero.

Me temo que es una interpretación que fue válida en 2008 y 2009, pero ahora no refleja de manera adecuada nuestra situación económica. Es verdad que los acontecimientos externos han afectado negativamente las variables financieras de todas las economías, en particular las de las naciones emergentes, pero también es cierto que los funcionarios del gobierno mexicano subestiman nuestras debilidades internas. Quizá estamos “bien”, como dicen, pero no tengo duda que vamos mal.

La debilidad del peso

La depreciación se debe hasta ahora a factores externos, como lo han dicho nuestras autoridades, por lo que es lógico pensar que nuestra divisa está subvaluada si consideramos la medición de la paridad de poder de compra y el estado actual de nuestras cuentas externas, pero los inversionistas piensan diferente.

La cotización del dólar se ha ubicado, la mayor parte de 2016, por encima de los 18 pesos y superó los 19 el mes pasado, lo que obligó a que el miércoles 17 de febrero Banxico elevara su tasa de referencia en 50 puntos base, vendiera dólares y la Secretaría de Hacienda anunciara un recorte del gasto público.

Lo anterior fortaleció al peso, pero aun así, la apreciación que esperan nuestras autoridades no llega porque depende de que en el futuro próximo suba el precio del petróleo, la Reserva Federal posponga el alza de las tasas de interés y/o se estabilice la situación financiera de China. Lo más probable, sin embargo, es que veremos rondas adicionales de debilidad en dichos frentes antes de cualquier mejora. Por ello, es bueno que el gobierno no haya dejado al peso a merced de estos factores el mes pasado.

Existe, además, otra razón que exacerba la debilidad del peso y que reconoce abiertamente Banxico. Nuestra moneda es la más líquida entre las economías emergentes y, en un entorno de inestabilidad económica, los inversionistas cubren sus posiciones apostando en contra del peso, que es un buen proxy para el resto de las monedas emergentes. Es bienvenido, por tanto, que Banxico haya elevado el costo de ir contra el peso (ampliando la diferencial de tasas de interés) si bien este todavía es relativamente bajo.

Las apuestas contra el peso se hicieron más evidente después de la reunión de la Junta de Gobierno de Banxico el 4 de febrero. A partir de esa fecha la mayoría de las monedas se apreció o se mantuvo frente al dólar, con excepción del peso, que acumuló una semana después una depreciación de casi 6%.

Ese panorama para el peso no era alentador, por lo que, si bien tarde, nuestras autoridades decidieron contrarrestar esas presiones ya no solo con mensajes retóricos, sino también con un alza de las tasas de interés, la venta de dólares y el anuncio de una reducción del gasto público. La estrategia basada solamente en mensajes retóricos funcionó en 2009, cuando subía el precio del crudo y bajaban las tasas, pero es insuficiente ahora que ocurre lo contrario.

En aquel entonces, también, nos habíamos ganado, con mucho sacrificio social, la reputación de ser una economía con disciplina fiscal, al mantener un equilibrio presupuestal por más de 15 años, un superávit primario (la diferencia entre ingresos y gastos públicos antes del pago de intereses por la deuda pública) por más de 20 años, y una deuda bruta del sector público en promedio por debajo del 23% del PIB durante más de una década. No extraña, por tanto, que en esos años hayan entrado muchos recursos al país y que la cotización del dólar se ubicara por un buen tiempo por debajo de los 13 pesos.

Hoy, sin embargo, la situación es muy diferente y bastante menos atractiva. La opinión externa sobre México sigue siendo buena, quizá porque nos compara con otras economías o porque todavía no analiza con cuidado el deterioro de nuestra posición fiscal.

Las políticas monetaria y fiscal tardaron mucho en modificarse para atender ese problema. La razón de Banxico para no subir más su tasa de referencia era que la inflación se ubicó el año pasado por debajo de la meta oficial del 3%, sin dar a las disminuciones extraordinarias de los precios en telefonía y electricidad la mayor parte del crédito por ese resultado.

Sin embargo, la depreciación del peso acabó por convencerlo de que habrá una repercusión sobre la inflación, no solo porque nuestras importaciones representan alrededor del 35% del PIB, sino por las deudas en moneda extranjera de las empresas mexicanas, las cuales buscarían resarcir su flujo revisando al alza sus precios de venta.

La razón del gobierno federal ha sido que sus finanzas no se alteran, entre otras razones, por las coberturas cambiarias, la mayor recaudación tributaria y el aumento (por la depreciación del peso) de los ingresos en moneda nacional por las ventas externas de petróleo. No reconoce que los beneficios de las coberturas y la depreciación del peso son paliativos temporales que no pueden sostenerse en el largo plazo. Esto se aprecia en el hecho de que el ajuste de gasto propuesto es esencialmente en las finanzas de Pemex.

El gobierno federal no acepta que necesita hacer un recorte de gasto mucho mayor al que propuso, debido al nivel actual de su deuda, su compromiso de absorber los pasivos de Pemex, que cada día se sume más en números rojos, y la tendencia al alza de las tasas de interés en EU, que le complicará el acceso al capital extranjero para sus requerimientos financieros.  

Es precisamente esta complacencia oficial la que puede llevarnos a que, en un futuro no muy lejano, el desequilibrio fiscal sustituya a los eventos externos como causal (más grave) de la depreciación de nuestra moneda y de los trastornos internos.

El deterioro de las finanzas públicas

Cuando pase la turbulencia financiera actual, veremos cómo sus efectos dañinos serán leves y pasajeros para unos países emergentes, mientras que para otros serán más profundos y permanentes. Dónde se ubicará cada economía dependerá de cómo administró los ingresos extraordinarios del auge de los precios de las materias primas y de cómo respondió con políticas públicas al desafiante entorno global.

Los países que ahorraron la mayor parte de sus ganancias saldrán mejor librados que aquellos que las derrocharon y ahora enfrentan una combinación tóxica de altos déficits públicos y depreciación pronunciada de su moneda, problemas que se exacerbarán cuando suban las tasas de interés y reaparezcan las presiones inflacionarias.

En México, el desplome del precio del crudo, que todo indica se mantendrá por un buen tiempo, pone al descubierto la torpeza con que hasta ahora se han administrado los ingresos extraordinarios del petróleo, el endeudamiento público y las finanzas gubernamentales, lo que vulnera la solidez fiscal lograda a fines del siglo pasado y comienzos del actual.

¿Por qué entonces el secretario de Hacienda insiste sobre la solidez de las finanzas públicas? Se basa esencialmente en tres indicadores de las finanzas del gobierno federal que, dicho sea de paso, se lograron por la reputación que se ganó México en el pasado, no por las acciones de la administración actual.

Esos indicadores son, primero, la composición de su deuda, que al cierre de 2015 fue de 78% en pesos, mientras que en el 2000 era de 55 por ciento. Segundo, los plazos promedio de la deuda, que pasaron de 1.5 años en 2000 a 7.9 en 2015. Tercero, el apetito que todavía muestran los mercados internacionales por la deuda mexicana en moneda extranjera.

Sin duda, son buenos indicadores de la confianza de los inversionistas en nuestro país, pero esta se construyó con una imagen de solidez que, poco a poco, se ha ido desgastando, por lo que ya no corresponde a lo que existe hoy y pudiera darse en el futuro. La percepción de los extranjeros es crucial, ya que, si bien la composición de la deuda del gobierno federal por moneda mejoró, la mayor parte está en manos extranjeras. La deuda externa más la deuda en pesos en manos internacionales pasó de 46% en 2000 a 57% en 2015.

Lo que resulta indiscutible es que el plazo promedio de la deuda del gobierno federal es un gran activo, siempre y cuando se aproveche para tomar acciones que reduzcan el gasto y el déficit público, pues de lo contrario será cada vez más difícil convencer a los tenedores extranjeros de esa deuda que la renueven según vaya venciendo. Los recortes de gasto anunciados el mes pasado son todavía muy tímidos para garantizar un buen resultado.

El origen del problema actual y por venir de las finanzas públicas no está en la caída del precio del petróleo, sino en la manera irresponsable con que las distintas administraciones y Congresos de la Unión, desde Vicente Fox, manejaron y dilapidaron los ingresos extraordinarios del petróleo.

La rebatinga por esos ingresos llevó al aumento de las partidas presupuestales de todos los niveles de gobierno, lo que alimentó el gasto federal, estatal y municipal, facilitando las múltiples expresiones de corrupción asociadas a un gasto público creciente.

Las exportaciones petroleras durante las administraciones de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo totalizaron 49.6 y 64.8 miles de millones de dólares (mmd), respectivamente. El gasto público, por su parte, se mantuvo por debajo del 20% del PIB durante ambos sexenios, mientras que el déficit público anual no rebasó el 1% del PIB.

Los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, en particular este último, gozaron de una bonanza petrolera que despilfarraron sin que se notara en el crecimiento económico. En el sexenio de Fox, los ingresos por exportaciones de petróleo (139.7 mmd) fueron más del doble que los del gobierno de Zedillo, mientras que los de la época de Calderón (274.3 mmd) superaron en casi dos veces las de Fox.

Ese aumento en los ingresos petroleros se gastó en su totalidad, lo que explica en gran parte que el gasto público como proporción del PIB pasara de 21.4% en 2006 a más de 25% en 2009 y se quedara en ese nivel hasta el 2012.

El gobierno de Felipe Calderón no se conformó con gastar todos los ingresos petroleros, sino que además incurrió en un mayor déficit público a partir de 2009, mismo que por primera vez en más de 18 años superó el 2% del PIB, para ubicarse al final de su administración en 2.6 por ciento. La mayor parte del financiamiento de ese déficit se hizo con capital externo, que entró a nuestro país en busca de mayores rendimientos, gracias a la política monetaria laxa de la Reserva Federal y los bancos centrales de las economías avanzadas.

*Este es un extracto del texto que el autor escribió para Alto Nivel y que podrás consultar completo en la edición impresa de marzo. Busca tu revista en los principales puntos de venta, suscríbete en línea o descarga la revista digital. Sigue nuestra conversación en Twitter y Facebook.

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