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David Bowie, el ‘dios’ de los no creyentes

El carisma y creatividad del artista británico sedujo hasta los más incrédulos, que, tras explorar su legado, se convirtieron en fieles seguidores.

12-01-2016, 12:22:48 PM
David Bowie, el ‘dios’ de los no creyentes
Gabriela Fonseca*

“Esta canción está dedicada a ti, a ti, y a ti…”. David Bowie con su guitarra, ataviado con una camisa suelta y un arete formado por minúsculas cadenas que lanzaba destellos. Apuntaba con el dedo a miembros del público el concierto que ofreció en Foro Sol en octubre de 1997.

Y lo creímos. La canción estaba dedicada especialmente por él a cada uno de nosotros, desde un tarima muy simple que nada tenía que ver con los despliegues teatrales e histriónicos que llegaron a incluir una araña gigante de cristal.

Todos recordamos las sillas blancas de jardín atadas unas con otras sobre las que nos pusimos de pie, la loca indumentaria de sus músicos: su guitarrista principal, una mujer pequeña y rapada con cuernos sobre el cráneo; su tecladista, con aspecto de carnicero maquillado, luciendo una falda escocesa que dejaban ver sus piernas de tronco.

“Muchas gracias de todo corazón por su amabilidad y hospitalidad”, dijo Bowie llevándose la mano al pecho en ese temido momento de un concierto en que el artista comienza a despedirse. Y sí: también le creímos que había estado contento en nuestra sucia y peligrosa ciudad.

Los medios documentaron que durante su estancia en México, David Bowie, en un afán de curiosidad cultural que no puede uno imaginarse en Madonna o Los Rolling Stones, fue a visitar Bellas Artes y las pirámides de Teotihuacán. Según la leyenda, se trasladó ahí acompañado de miembros de su banda, a bordo de los satanizados taxis ecológicos de aquella época, considerados una trampa de muerte para los turistas.

A lo largo de su carrera no se le recuerdan desplantes narcisistas ni pleitos con otra estrella. Sus álbumes siempre incluían un cover pues decía que era importante para el reconocer la influencia de sus colegas.

Los autoelogios no eran lo suyo.

“Usted es endemoniadamente inteligente, ¿verdad?”, le dijo una reportera británica, ya este siglo, durante una entrevista en la que Bowie ya había tocado de manera erudita unos 80 mil temas sobre el arte y la creación.

“¡Oh, no! Soy muy visceral. Brian Eno… él sí que es un intelectual”, respondió.

En sus inicios fue el maquillaje, la diamantina, la androginia, los distintos personajes, la mímica, el hombre que vendió el mundo, el hombre que cayó a la tierra, las arañas de marte, Ziggy Stardust, Aladdin Sane (“A lad insane”, el niño loco, referencia a su hermano Terry, diagnosticado con esquizofrenia).

Esa calidad “camaleónica” de la que todos están hablando era relevante y reconocible, pero ésta había desaparecido en los 90 y fue sustituida por ambiciosos videos.

Seguir Bowie era un auto de fe: sacaba un disco y lo comprábamos. Decía algo en una entrevista y le creíamos. Era nuestro deber verlo en cualquier película en que apareciera; así fuera The Hunger, con una actuación de unos minutos, o Laberinto donde es el antagónico rey de los goblins. Fue un gran actor y un pintor muy respetable.

El hecho de que una estrella de rock muera y no se hable de sus excesos es no sólo notable sino gozoso. Claramente, hacer pública su enfermedad no le pareció artísticamente relevante a David Bowie pero terminar un último disco sí.

Lo mejor de todo es que no se trató de una obra póstuma. En los tres días que transcurrieron entre el lanzamiento de Blackstar y el deceso de Bowie los críticos y los creyentes estuvimos de acuerdo en que la obra es magnífica, madura y vibrante. Opiniones que no pasaron por el filtro de la pérdida y la despedida.

El artista crea no sólo mundos alternos sino la mitología que los sostiene. Si a su último disco añadimos todo su cuerpo creativo, vaticino que acabaremos de explorar a David Bowie, por ahí del siglo a LVII.

*La autora es Editora de la sección Mundo en La Jornada

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