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Sonora Resort, un hotel de lujo ‘perdido’ en Canadá

Este complejo hotelero de lujo está sumido en la nada, si consideramos ‘la nada’ un inmenso bosque, húmedo y montañoso de la Columbia Británica.

27-02-2015, 12:57:09 PM
Sonora Resort, un hotel de lujo ‘perdido’ en Canadá
LR Wah

Nunca fui boy scout; nunca he sido, tampoco, muy aficionado a los campamentos; menos al senderismo, montañismo ni cualquier otro “ismo” que me acercara a una naturaleza desconocida y, por consiguiente, temida. Los únicos osos que había visto en mi vida eran unos grandes e imponentes ejemplares tras un grueso vidrio protector… pero estaban disecados. Por todo ello, fui el primer sorprendido cuando solicité un mapa de rutas de senderismo por el bosque y me dispuse a recorrerlo.

Sonora Resort es un complejo hotelero de lujo sumido en la nada, si consideramos “la nada” un inmenso bosque, húmedo y montañoso. Los edificios principales están situados al este del conjunto, y a espaldas de ellos se encuentra una extendida mancha verde, repleta de árboles y especies animales propias de la región, como los solitarios osos negros.

Para los canadienses, las distancias tienen un significado diferente que para los demás. Ya lo había expuesto el escritor Douglas Coupland en el libro Souvenir of Canada: “Aquí, todo está muy lejos de todo; nada está cerca de nada. Parte de la identidad canadiense se define por cómo dar la impresión de que no somos así”. Pero así es. En el mapa, la distancia entre Vancouver, capital de la Columbia Británica, y Sonora Island parecía corta, pero los 50 minutos que tomó el viaje en helicóptero sirvieron de prueba de lo relativos que pueden ser los kilómetros en estas latitudes.

Durante el trayecto pude conocer lo que me esperaba: Sonora Resort, “donde la naturaleza más pura y el lujo más perfecto se combinan”. El eslogan sonaba alentador. Las actividades incluían pesca de salmón, tiro con arco, avistamiento de delfines y leones marinos, visitas al hábitat de los osos negros y un recorrido por el espeso bosque de la isla. Miré por la ventana y contemplé las islas que conforman la costa de la provincia. Desde lo alto, la geografía parecía no presentar un gran reto para un explorador amateur con poca condición física. Este optimista pensamiento llenó de sosiego lo que restó del viaje.

Islas con nombres familiares

Si siguiéramos en un mapa la costa de Columbia Británica, desde Vancouver hacia el norte, a través del Estrecho de Georgia, encontraríamos muchísimas islas; algunas con nombres de origen español: Hernando, Marina, Cortés y Sonora. Esto se debe a las exploraciones que dos barcos españoles realizaron en 1775. Ahora, de esas primeras visitas europeas solo queda el nombre. 

Había dejado atrás la lluviosa Vancouver buscando un remanso de paz, y eso era lo que me disponía a obtener. Por eso fue que, tras tocar base en mi habitación, busqué el spa. Primera vez en un helicóptero y primera vez en un spa. Eso merecía una celebración especial.

Si es cierto que Sonora Resort es el único lugar donde se puede dormir y comer en Sonora Island, esto no demerita lo que el complejo ofrece. Muy al contrario. El restaurante es espectacular. Durante mi estancia me convertí en un gustoso rehén de las creaciones del chef residente Terry Pichor. El producto de probar mis primeras hamburguesas de salmón fue el más genuino síndrome de Estocolmo.

Reunión con osos y delfines

El siguiente día inició temprano. El recorrido para ver osos partía del muelle a las 8:00 am. En ese momento, al enfrentar la fría mezcla de viento y neblina, me di cuenta que había preparado mal la ropa del viaje. Si los osos habían despertado con antojo de comida mexicana, tendrían problemas en traspasar tantas capas de tela.

Tras un viaje de 40 minutos, el barco se detuvo en otra parte de la isla. Ahí tomamos el camión que nos acercaría lo más posible a las zonas donde se pueden ver osos. Pude ver más de 20 osos y oseznos comiendo, jugando y corriendo. Mi integridad física nunca estuvo comprometida.

Lo más cerca que permanecí de la acción fue a no menos de 10 metros. Siempre estuvimos resguardados en una torre y, por si algo sucedía, los guías estaban armados.

Poco después de comer en el Tyee Dining Room, en una suerte de pit stop en el resort, abordé otra embarcación que nos llevaría a otro lado de la isla donde, según dijo el conductor, habían visto centenares de delfines apenas horas antes. Por más que la teoría diga que estos espigados cetáceos son amigables, no deja de sorprender lo cerca que nadan de los barcos.

El resto del día, que ya se había convertido en noche, lo dediqué a dos actividades, por demás entretenidas: jugar futbolito de mesa y descifrar cómo elevar la temperatura de mi habitación moviendo sin sentido los botones del regulador.

¿Talán, tolón o tulún?

Para el tercer y último día, el menú de actividades era aún más amplio. Mis finalistas se habían reducido a pescar salmón, para lo cual debía subirme a otro barco, o recorrer los senderos boscosos de la isla. Para mi sorpresa, opté por la segunda.

Tras un breve vistazo al mapa (demasiado breve, luego supe), decidí tomar uno de los recorridos más largos: el Top Loop Trail, que me conduciría, después de caminar 5.6 kilómetros, a una torre donde podría tener una vista panorámica de la isla. 

Todo comenzó bien. Celebraba cada racimo de hongos silvestres que encontraba a mi paso. Si alguna de las enormes babosas que abundan se asustaba –debido a mis intrusos pies–, yo le ofrecía disculpas. Los árboles eran hermosos; el cielo, limpísimo. Entre más empinada se hacía la cuesta, más sentía yo estar llegando al nirvana. A golpe de subidas, resbalones y una creciente sensación de estar perdido, la caminata se fue cubriendo de incertidumbre. 

Todo estaba bajo control hasta que, extrañado por no llegar a la torre, dediqué al mapa el tiempo que debí haberle prodigado dos horas antes. La vista prometida parecía estar cerca, pero leí algo que detuvo mi corazón en seco: “No olvide solicitar una campana para osos; así podrá avisarles de su presencia, ahuyentándolos”. 

¿Los osos negros eran visitantes frecuentes de estos parajes? Al parecer, sí. ¿Tenía yo una campana para osos? Claro que no. De un segundo a otro, el entorno se volvió hostil. En mi mente, los ruidos más insignificantes se convirtieron en pisadas aceleradas de osos hambrientos que no podrían ser ahuyentados. Hasta las inofensivas babosas se tornaron peligrosas. ¿Por qué no había leído las advertencias? ¿Qué camino era el más corto hacia el resort? ¿Cómo se supone que debe sonar una campana para osos?

De antemano sabemos que logré llegar sano y salvo. De no haber sido así, este artículo no hablaría de osos, de delfines, de Sonora Island, ni de Canadá. Pero llegué y, tras unas horas de estupefacción, pude ver con humor lo acontecido. Todo volvió a ser maravilloso. Sentado a la mesa del Tyee Dining Room, celebré, con hamburguesa de salmón en mano, ser yo quien degustó la fauna local, y no al revés.

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