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Argentina: otra vez a morder el polvo

Por José Manuel ValiñasUna vez más, el país sudamericano entra en una espiral de crisis, devaluación e inflación provocada por las políticas populistas, tan socorridas en América Latina. Los trabajadores del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC, el INEGI argentino), fueron los que hicieron notar, hace más de cinco años, que las cosas no […]

21-04-2014, 11:16:56 AM
Argentina: otra vez a morder el polvo
Inversionista

Por José Manuel ValiñasUna vez más, el país sudamericano entra en una espiral de crisis, devaluación e inflación provocada por las políticas populistas, tan socorridas en América Latina.

Los trabajadores del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC, el INEGI argentino), fueron los que hicieron notar, hace más de cinco años, que las cosas no estaban bien; tal vez por ética, vergüenza profesional o repugnancia. Se arriesgaron a perder sus empleos, revelando que el Gobierno estaba maquillando datos económicos.La manipulación de las cifras de inflación es, hoy, algo disparatado. No lo hace ya casi ningún país, excepto Venezuela y tal vez China en algunos rubros. ¿Qué pretendían con esa política primero Néstor Kirchner y, después, su esposa y sucesora, Cristina Fernández? Evadir el pago de mayores intereses para bonos argentinos indexados a la inflación. Lamentablemente, el escándalo de la falsedad de las cifras no es lo único que acerca a Argentina con Venezuela…La tentaciónHace más de un año, el Fondo Monetario Internacional (FMI) envió a Buenos Aires una moción de censura por falsear cifras. No lo había hecho nunca antes con ningún país. Tan grave fue el affaire, que incluso el FMI llegó a amenazar con retirar a Argentina del organismo.En 2012, por ejemplo, decían haber tenido un crecimiento de precios de 10%, cuando se estimaba extraoficialmente en 25%. Pero no paró ahí. ¿Cuál fue la respuesta del régimen a los expertos que hacían los cálculos de la inflación real? Una multa de más de $60 mil dólares a quienes dieran a conocer estimaciones independientes de las que trucaba el Estado. Si la realidad molesta, como ha dicho algún autor, “basta con borrarla”.Y no era solo la inflación, sino el crecimiento del PIB, lo que a los Kirchner les gustaba maquillar. La mentira cayó cuando, en enero de este año, el país tuvo que asumir una devaluación de su moneda y aceptar que la inflación había subido 3.7% ¡en un solo mes! Para ello, ya habían pasado las elecciones legislativas de octubre, en las que el kirchnerismo se vio frenado, y los delirios de eternizarse en el poder de la presidenta también se fueron por la borda.¿Cuál es el verdadero origen de este tango que, por otro lado, se ha bailado una y otra vez en Argentina, con incontables crisis? ¿Por qué el kirchnerismo, que llegó al poder con una agenda progresista, ahora se encuentra contra las cuerdas? La respuesta hay que buscarla en una ideología rancia que ha secuestrado economías en varias naciones de Latinoamérica.Fin del sueñoLos primeros años del kirchnerismo fueron exitosos, como siempre que llega un gobierno populista. Los recursos se reparten entre las clases más desfavorecidas, iniciando un círculo de redistribución que en principio funciona. No obstante, esas políticas acaban por dinamitar el crecimiento, aumentar la inflación, secar la inversión y comprometer la iniciativa individual.Como analiza el fundador de Foro Iberoamérica, Ricardo Esteves, la consigna de los Kirchner fue “llenarle los bolsillos a la sociedad promoviendo aumentos de sueldos sin aumentar la productividad, y repartiendo millones en planes sociales que socavaron la cultura del trabajo y crearon dependencia clientelar”.Esta fórmula, más los controles de precios y de cambios a los que son tan afectos estos regímenes, crean una situación en la que “se hipoteca el futuro”. La favorable coyuntura con la que llegó Cristina, con el aumento de los precios de los commodities y la altísima liquidez en el mundo, difícilmente se repetirán.Explicación clásicaEsteves, implacable, hace un corolario de lo que sucede en otras latitudes donde hay gobiernos populistas (incluyendo Europa): “Si uno va a un restaurante e invita a todas las mesas, al salir debe pagar la cuenta. Y al Estado ya no le alcanza para pagarla. Para seguir, necesita que alguien le preste, pero rompió lazos y credibilidad con los potenciales acreedores… y a Dios gracias, pues la mayor tragedia para el país sería asumir deuda pública para financiar consumo”.Lo que sigue es una explicación clásica de la inflación, que recuerda los regímenes mexicanos en los años 70, con José López Portillo y Luis Echeverría, y que algunos nostálgicos quisieran, todavía, resucitar: “Fruto de esa exacerbación del consumo, el gobierno padece una crisis fiscal de muy graves consecuencias; lo que recauda no le alcanza para sus gastos y, como no tiene quien le preste, debe emitir más. Esa emisión sin respaldo, en una cantidad equivalente de bienes que el país no produce, hace que el peso pierda valor y la gente huya a refugiarse en el dólar. De ese proceso resulta la inflación, que destruye la economía y el poder de compra de los salarios, sellando el fin de la marcha triunfal del consumismo”.“Económicamente analfabetos”No menos crítica, ante la aventura Kirchnerista, fue la portada del semanario británico The Economist en febrero. Las causas de la nueva crisis (en un país que tenía en 1914 un PIB per cápita más alto que el de Alemania, Francia y Japón) las encuentra, en parte, “en la incompetencia de Cristina Fernández. Pero ella es solo la última en una sucesión de políticos populistas y económicamente analfabetos que se remonta hasta Juan Domingo Perón, y aún antes”. Remata: “Construir instituciones es un trabajo aburrido y lento; los líderes argentinos prefieren la rápida repartición de recursos -propia de los líderes carismáticos-, tarifas milagrosas y monedas agarradas con pinzas, en lugar, digamos, de reformar la economía o siquiera la educación”.El editorial recuerda que en el Viejo Continente también cayó en ese populismo, que la zona sur “evitó la realidad con desdén argentino”, y que “la demanda petulante de Italia para que las agencias de calificación tuvieran en cuenta su ‘riqueza cultural’ en lugar de mirar tan cerca sus dudosas finanzas sonó a la señora Fernández”…El New York Times, a finales de ese mes, continuó con la línea de consenso global. Particularmente irónico, el columnista Roger Cohen comenzó una muy citada columna refiriendo el chiste de moda entre economistas: que una vez terminada la orgía de altos precios de los commodities, Brasil está en proceso de convertirse en Argentina; Argentina en proceso de convertirse en Venezuela, y Venezuela, en Zimbabue. Para Cohen, el de Argentina se trata de un caso perverso: “una nación todavía drogada por ese brebaje político-quijotesco llamado peronismo”. Y cita al politólogo Javier Corrales al decir que “es un caso único de un país que ha completado la transición hacia el subdesarrollo”.La eficiente repartición de la pobrezaViejo periodista, que cubrió la despiadada matazón de los milicos en el golpe de los años 70, Cohen se quedó en ese país por un tiempo. Recuerda cómo lo dejó, hace 25 años: “había una hiperinflación (5 mil% en 1989), fuga de capitales, inestabilidad monetaria, intervencionismo estatal de mano dura, disminución de las reservas, industria no competitiva, fuerte dependencia de las exportaciones de materias primas, fantasías peronistas y complejo de sentirse en el fondo del mundo”. “Hoy la inflación no es hiper, sino alta. Fuera de eso, no ha cambiado mucho”, sentencia.Una opinión dice que regímenes como los de la Venezuela bolivariana (se puede sumar el peronismo kirchnerista) no deberían caer todavía, hasta que las condiciones lleguen a deteriorarse de tal modo, que la gente que suele votar por ellos se convenza de que las alternativas carismáticas no son las necesarias.Es una opinión cruel, por las consecuencias que aún tendrán que vivir las sociedades en esas condiciones. Sin embargo, no suena descabellada, sabiendo que, como la Hidra (a la que le cortan una cabeza y le salen otras diez), los líderes mesiánicos se reproducen. Se amparan en la esperanza de la gente pobre que ve en ellos a alguien que se preocupa por su condición, e ignoran que estas fórmulas ya están más que probadas. Lo único que provocan en el largo plazo es la eficiente repartición de la pobreza.

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