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¿Dónde esconde Cirque du Soleil sus secretos?

Esta ciudad es famosa por sus festivales y por su reciente tradición circense, cuyo hijo pródigo es ya referente mundial del espectáculo. ¿Sabes que lugar es?

22-08-2014, 12:25:54 PM
¿Dónde esconde Cirque du Soleil sus secretos?
Jonás Alpízar

A lo largo de mi vida he podido visitar muchos tipos de circos, desde los más humildes de provincia, donde son los fenómenos –sean estos reales o no– y los animales exóticos los que se robaban los gastados reflectores, hasta los circos cuyos nombres se escriben en otro idioma, que obligan a uno a llevar sus mejores ropas.

Sería difícil decidir cuál de estos dos es mi favorito. Tal vez ninguno. Tal vez lo que más llamaba mi atención era la emoción previa. La simple visión de las grandes carpas “como banderas multicolores de esos lejanos países del mundo donde los niños y los locos son reyes” decía el cuentista quebequense Robert Lalonde, nos predispone al misterio, a la exaltación.  

Fue esta emoción, o la búsqueda misma de ésta, la que me ha conducido hasta Montreal, en la provincia canadiense de Quebec; a esta ciudad famosa por sus festivales y por su reciente tradición circense, cuyo hijo pródigo –el Cirque du Soleil– apagará este año sus primeras 30 velitas.

Una ciudad de tres pistas

Montreal es un hervidero cultural, pero eso casi todos lo saben. Segunda ciudad más grande de Canadá, tras Toronto; y segunda urbe francófona más poblada del mundo, tras París. 

La isla de Montreal ha vivido bajo el escrutinio mundial desde la Expo ‘67, y aún más con los Juegos Olímpicos del ‘76, pero esta ciudad bilingüe no vive de las glorias pasadas. 

En esta localidad quebequense se llevan a cabo más de 100 eventos al año, de los cuales destacamos el Festival de Jazz, la serie de conciertos Les Francopholies y el Juste pour Rire, gran convención internacional de comediantes. 

La presencia de Cirque du Soleil en Montreal, como en las principales ciudades de la región de Quebec, es algo habitual, no tanto como un gran espectáculo, sino como un vecino, un anfitrión que abre las puertas de su casa para divertir a los visitantes. Es común en esta temporada encontrar carteles y anuncios promocionales de Kurios, Cabinet des Curiosites, el show más reciente de la compañía.

El público quebequense tiene la fortuna de presenciar las nuevas producciones antes de emprender sus giras mundiales y, en esta ocasión, voy a ser parte de ese público afortunado. Tengo en mi mano un boleto que me dará entrada, otra vez, al mundo mágico del Cirque du Soleil, pero antes de esto podré entrar a la fábrica de sueños que es la escuela, así como a los talleres de esta gran compañía circense.

Paso a paso…

Cirque du Soleil, como sería conocido, comenzó con otro nombre: Les Échassiers de Baie-Saint-Paul. Estos denominados Zanqueros, liderados democráticamente por Gilles St-Croix, buscaban dar al maravillado público una probada de lo que ellos llamaban “una dramática mezcla del arte circense y del entretenimiento callejero”. 

El calendario situaba estas presentaciones en 1980. ¿La ciudad? Baie-Saint-Paul, una pequeña localidad a poco más de 300 kilómetros de distancia bordeando el río San Lorenzo, de Montreal. 

Poco después, la creciente pero aún pequeña compañía fundó otro grupo llamado Le Club des Talons Hauts (El Club de los tacones altos). Bajo este, St-Croix y Guy Laliberté, futuro fundador de Cirque du Soleil, organizaron el primer festival de arte circense, reuniendo a todos los grupos de la región. 

Este evento, que se repitió los siguientes dos años, les dio la notoriedad, los aplausos y el reconocimiento que el incipiente grupo necesitaba para dar el siguiente paso. El sueño colectivo de la compañía de recorrer el mundo compartiendo el “nuevo circo” daba la impresión de no ser algo tan descabellado.

En 1984, la ciudad de Quebec celebraba el 450 aniversario de la llegada de Jacques-Cartier a Canadá, por lo que buscaba un espectáculo que recorriera toda la provincia. Guy Laliberté presentó la idea de un espectáculo llamado Cirque du Soleil y logró convencer a los organizadores. Después de esto, otras ciudades fueron cayendo a los pies de la compañía. 

¿Pero quién es Guy Laliberté? Acordeonista igual que su padre, Guy lo que quería era viajar. Para lograr esto sin trabajar largas y tediosas jornadas pensó que lo mejor sería subirse en unos zancos, escupir fuego y hacer acrobacias.

En más de una ocasión, no pudiendo juntar el suficiente dinero, tuvo que dormir en bancas de parque. “Nací con dos chips –dijo Laliberté en una entrevista–: por un lado soy un payaso y, por el otro, soy un empresario, y creo que en los dos soy muy bueno” y para prueba de ello solo hay que ver las ganancias que Cirque du Soleil ha generado. Según la revista Forbes: 2,900 millones de dólares (mdd). 

“Tengo el mejor trabajo del mundo. Hay personas que se hacen millonarias con trabajos aburridos. Yo, hasta hace poco, aún escupía fuego”, cuenta orgulloso Laliberté.

Se preguntarán cómo celebró el payaso y empresario más rico del mundo sus 50 años. Pagó 35 mdd para convertirse en el séptimo turista en viajar al espacio, donde permaneció nueve días.

Antes de levantar el telón

El circo y los artistas que lo conforman siempre han estado al margen de la sociedad; por esto mismo, pues, fue lógico y natural elegir un terreno que solía ser un basurero, en el barrio Saint-Michel, al norte de la isla de Montreal.

La comunidad circense, en su afán por devolver a la sociedad el apoyo y el cariño que de ésta han recibido, se apropió de un gran terreno de un vecindario ‘especial’ con un índice de pobreza, para los estándares canadienses, elevado.

De esta forma, no solo se mejoró el entorno y el paisaje urbano de Saint-Michel, sino que se dio empleo permanente a muchos de los nuevos vecinos. 

En las inmediaciones del Cirque du Soleil International Headquarters, está la National Circus School, el recinto académico más grande del rubro en Norteamérica. Los egresados son reclutados por varias de las mejores compañías circenses del mundo, incluido el Cirque du Soleil. 

Acercándome a la escuela y taller del Cirque, lo único de la fachada que nos remite a circo es la gran manta que anuncia el 30 aniversario de la compañía. Personas de todas nacionalidades desfilan por los pasillos; todas en indumentaria deportiva. Hay estudiantes (artistas, como prefieren llamarlos aquí) de más de 50 países. 

El arte, la creatividad y la energía de los shows tienen eco en las instalaciones y el decorado de la escuela, con motivos de todas sus producciones en cada rincón.

Desde 1997, este centro funciona como taller, laboratorio de producción y centro de enseñanza y preparación del Cirque. Resulta impresionante entrar en el estudio de gimnasia de 1,425 metros cuadrados y ver en el techo una maraña de vigas, resortes y plataformas.

“El año pasado tuvimos 350 artistas entrenándose en estas instalaciones. Este año seguramente serán más”, explica muy animada Claudia Silva, encargada de las relaciones públicas de la compañía.

“Aparte de eso, también tenemos los expedientes de miles de artistas callejeros, acróbatas, payasos y todo tipo de personas con habilidades especiales de todo el mundo, por si las llegamos acaso a necesitar para cierta producción”. 

En el área del taller se fabrica absolutamente todo. Los utensilios que vemos en los shows se hacen por completo aquí, exclusivamente para las producciones. Desde zapatos, ropa, adornos, accesorios, pelucas, hasta props del show y escenografía, a la medida y personalizado. Hasta producen las tintas con las cuales pintan las telas de los trajes que utilizan.

En contraesquina con este edificio se ubican los dormitorios de los artistas extranjeros. Muchos de los participantes en Kurios, antes de emprender la gira, viven ahí y se entrenan en estas instalaciones.

El recorrido termina con un vistazo al foro principal, donde se pueden armar los escenarios completos de todas las producciones que de aquí han salido. Ahora está siendo decorado y arreglado para el gran festejo del trigésimo aniversario. “Va a ser una gran fiesta,” termina Silva.

Y a lo lejos, las carpas

La repentina lluvia no ha hecho mella en los ánimos de los montrealenses, que desafían el clima no solo abordando las calles, sino haciéndolo con pantalones cortos, con faldas, con blusas de tirantes. Cuando para mí es un otoño que sabe a invierno, para ellos es verano, y la presencia del sol es razón suficiente para visitar uno de los muchos parques de la ciudad.

Abandono la estación Place d’Armes y salgo a la calle a través del Palais des Congrès, vistoso edificio cuyos vidrios de colores, obra de la artista Marcelle Ferron (†2001), aporta un oasis cromático al azul grisáceo de los edificios que lo rodean. Mientras nos vamos acercando al Viejo Puerto, la arquitectura de Montreal va haciéndose cada vez más pequeña.

Los grandes complejos financieros ahora son pequeños edificios que antaño fueron bodegas de mercancía que los barcos traían de Europa o de las islas caribeñas con las cuales se comerciaba. 

Las tiendas de souvenirs, con playeras de I love Montreal, y miel contenida en unos frascos que imitan la hoja de maple, así como los pequeños restaurantes adornan las estrechas calles. 

La llovizna ha venido a generar charcos donde se ven reflejados los edificios de la Place Saint-Jacques, que se ubica a dos pasos del río San Lorenzo.

Y, a lo lejos, en el muelle Jacques-Cartier, las carpas. Los colores azul y amarillo rompen el violeta blancuzco del cielo nublado. La misma emoción de mi infancia, el mismo suspenso. El hecho de que conozcamos qué cosas hay detrás de los espectáculos del Cirque du Soleil no hace que este sea menos mágico. Pongo mi pie sobre los tablones de madera del muelle y siento un escalofrío que recorre desde la espina dorsal hasta la nuca, y estoy seguro que no fue por la fría llovizna.

¿Has asistido a los espectáculos de Cirque du Soleil? ¿Cuál ha sido la propuesta que más te gustó? ¿Volverás a presenciar sus espectáculos?

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