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Centroamérica, ¿podrá reinventarse?

Luego del cambio de gobierno en tres de los seis países que la integran, ¿hacia dónde se dirige una región que tanto influye en los mexicanos?

07-08-2014, 10:48:10 AM
Centroamérica, ¿podrá reinventarse?
Revista Inversionista

El 2 de septiembre de 2009, en Tonacatepeque, un suburbio de San Salvador, el cineasta Christian Poveda recibía dos tiros en la cabeza. Acababa de estrenar su último documental, La vida loca, testimonio doloroso, pero a la vez esperanzador, sobre la vida de las pandillas en esas peligrosas calles.

Se había ido a vivir con los mismos “mareros” y se había hecho su amigo. Pero alguien sospechó que estaba hablando con la policía, o bien los líderes de Barrio 18 se enojaron por algo del video, y fue ultimado (quien se cree que dio la orden desde la cárcel es un líder apodado “El Molleja”). 

El hecho motivó un escándalo nacional e internacional que culminó con algo que parecía antes impensable: el acuerdo entre las maras y el gobierno salvadoreño para bajar los niveles de violencia (inadmisible en cualquier otro país: sentarse con los delincuentes para negociar con ellos), que en gran parte de Centroamérica alcanza niveles epidémicos e ingobernables.

En efecto, el nada halagador récord del país más violento se lo disputan El Salvador y Honduras, con índices mucho mayores que en Iraq o Sudáfrica. Hoy hay maras en Centroamérica, México y algunos países de Europa. A estas hordas de jóvenes se les ha inoculado un odio irracional y una voluntad de matar que solo es superada, quizá, por otra más poderosa: la de morir. Son el rostro tatuado, sombrío de un pedazo de continente negado a sucumbir al caos.

Integración regional

A principios de abril, el presidente Enrique Peña Nieto visitó Honduras y Panamá. En este último país asistió al Foro Económico Mundial sobre América Latina, donde se anunció que México será la siguiente sede del encuentro.

Unos días antes México, Colombia y República Dominicana habían acordado con los seis países centroamericanos la puesta en marcha del Corredor Mesoamericano de Integración, o Corredor Pacífico, una iniciativa que incluye mejoras en la infraestructura y en los pasos fronterizos a lo largo de 3 mil kilómetros, que será financiado por el BID, y que es la ruta más corta entre México y Panamá.

A Peña Nieto le queda claro que la integración con Centroamérica es vital para bajar los niveles de migración ilegal desde esos países, fomentar el crecimiento y el comercio, impidiendo que se disemine la cultura del narcotráfico. Volvemos, inevitablemente, al tema de la hiperviolencia.

El factor político

Los países centroamericanos tienen un desarrollo más o menos homogéneo, con la notable excepción de Panamá, con un PIB per cápita interesante, una deuda pública manejable, un fortísimo sector de servicios (lo que denota una economía sofisticada) y crecimientos de niveles asiáticos, la envidia de toda América.

Costa Rica es el otro país que sobresale en crecimiento y en su robusto sector de servicios. Su tradición democrática está mucho más arraigada que en cualquiera de sus vecinos.

Lo que ha lastrado a las economías de estos pequeños países (que, como indican algunos analistas, hubiera sido más provechoso para ellos formarse como uno solo) es, como en tantos otros casos de Latinoamérica, el factor político.

En Costa Rica, el avance de la izquierda en las últimas elecciones se  vio detenido por el miedo de contagio de países con regímenes extremistas y líderes mesiánicos que ya han llevado a la crisis económica (al menos a Venezuela y Argentina). En las elecciones de abril, el candidato de izquierda, Johnny Araya, perdió frente al centrista Luis Guillermo Solís.

En Honduras la izquierda también estuvo a punto de ganar, pero sucumbió al final, luego de que Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, se hiciera con el poder a finales de 2013. Recordemos que en 2009 hubo un golpe de estado a Manuel Zelaya, conservador que de pronto cambió su ideología y se volvió aliado de Hugo Chávez y los hermanos Castro, en Cuba. 

La sociedad no secundó esa amistad, y el temor de caer en el populismo llevó a una parte de la población a apoyar el golpe (la situación llegó a ser insostenible, dado que había dos poderes contra uno. Congreso y Suprema Corte estaban en contra de los cambios constitucionales que Zelaya quería introducir). No obstante, su gobierno fue muy positivo para las mayorías: se establecieron diversos programas sociales importantes, e incluso bajó el índice delictivo en el que hoy es, oficialmente, el país con más crímenes del mundo.

Costoso combate

Zelaya reapareció para las elecciones de finales de 2013, apoyando a su esposa Xiomara Castro, pero la dupla no pudo superar a Hernández, quien empezó su gobierno con su política de mano dura, prohibiendo la venta de alcohol los domingos y lunes, y autorizando para que las fuerzas armadas derriben avionetas no identificadas y sospechosas. Algo se tenía que hacer, ciertamente, aunque este otro dato explica por dónde se debe atacar el problema: el índice de pobreza del país es del 70% de la población.

El Salvador ha mezclado esa mano dura con la negociación con las maras (menos asesinatos a cambio de mejores condiciones carcelarias y sociales), que empezó en 2012, y que en principio bajó el número de homicidios de 14 al día, a seis.

El exguerrillero Salvador Sánchez Cerón, volvió a ganar las elecciones de marzo para el Frente Farabundo Martí  para la Liberación Nacional (FMLN), pero su tarea se antoja descomunal en un país con 60 mil pandilleros acostumbrados a matar, ir a la cárcel y morir.

Para nadie es una novedad que lo que sucede en Centroamérica repercutirá en América y en parte, en el mundo, en lo que tiene que ver con la proliferación de las pandillas y el tráfico de personas y estupefacientes.

El excanciller salvadoreño, Hugo Martínez, hoy cabeza del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), organismo formado por los países de la región para promover su desarrollo, lo dice tajante: “Lo que haga Centroamérica es clave para resolver el flagelo del narcotráfico”.

Añade que, aunque la zona esté creciendo a ritmos aceptables últimamente (del orden de 4% a 5%), se ve obligada a destinar 3% de su PIB a la lucha contra el crimen organizado: “casi todo lo que crecemos se nos va en combatir el crimen”, indica.

¿El jardín frontal?

El futuro de Centroamérica pasa por su integración regional y con sus vecinos, principalmente México, pero también con el combate a la corrupción. A finales de marzo, el expresidente de Guatemala, Alfonso Portillo, se declaró culpable de haber aceptado sobornos por 2.5 millones de dólares de Taiwán para que su país votara su reconocimiento en la ONU, un dato que nos devuelve a la noción de la precariedad institucional.

Si lo que se necesita es fortalecer las instituciones antes que los liderazgos carismáticos, la reforma constitucional en Nicaragua para que Daniel Ortega se eternice en el poder, proclamada a fines de enero, no puede sino ser una pésima noticia. Ortega ha acercado su régimen a los de Venezuela y Cuba; el umbral de pobreza en el que vive 47% de la población sigue intacto. Ha concentrado todos los poderes y convertido a Nicaragua en una república en la que impera el derroche. 

Para los nicaragüenses, Rosario Murillo es la verdadera jefa del gabinete, y aparece a diario en la televisión, predicando su religión mística-católica-sandinista-prehispánica. La prensa ha señalado que sus hijos son directores de empresas formadas con dinero venezolano, y ella impulsó la campaña para que Daniel Ortega obtuviera la reelección indefinida.

Si lo que necesitan estos países es fortalecer las instituciones en lugar de entronizar las personalidades, Nicaragua involuciona.

Panamá logró sacar adelante el proyecto de ampliar su propio canal, reconciliándose con la empresa española Sacyr. Si alguien necesita un norte sobre cómo se podrían solucionar los ingentes problemas centroamericanos lo podría encontrar ahí: en la inversión. Como dijo un diputado opositor nicaragüense, ese país no necesita un “Ortega forever”. Le vendría bien, en lugar de eso, un Estado de Derecho.

Fue precisamente en Panamá donde el vicepresidente de EU, Joe Biden, dijo que Centroamérica no es ya el “patio trasero” de Washington, sino el “jardín frontal”. Cierto: Obama no es Reagan, y los tiempos no son los mismos que en la Guerra Fría. Sin embargo, ambas partes siguen fallando en su acercamiento mutuo. 

A Estados Unidos le sigue faltando mirar hacia abajo con seriedad, y a la región centroamericana fortalecer sus instituciones y ahuyentar la corrupción para lograr ser un verdadero interlocutor. México, en medio de esta ecuación conceptual y territorial, podría alzarse con el liderazgo. Una oportunidad más que no se debe desperdiciar. 

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