Estilo de VidaHistorias

Medellín, un húmedo abrazo con sabor a arepas y tinto

Esta ciudad que se caracteriza por su constante lluvia, es mucho más que vallenato y café. Recorre la capital atioqueña y conoce su otro rostro.

01-08-2014, 12:13:49 PM
Medellín, un húmedo abrazo con sabor a arepas y tinto
Jonás Alpízar / Fotos: Proexport y Colombia

Cuando
llueve en Medellín, la capital antioqueña, lo hace muy bien; lo mejor es que la
despiadada tormenta suena a carrilera, sabe a arepas y tinto, abrazándonos con
sus largos y mojados brazos, lo que nos hace sentir un poco más “paisa”. Así un recorrido por una de las ciudades preferidas de los turistas en Colombia.

Lo
que al principio fue un ligero rocío, que solamente se dedicaba a cubrir la
ropa y el cabello de una finísima capa de gotitas, se convirtió en lluvia torrencial. Decenas de citas literarias y estrofas de canciones que hablan
de esta caída de agua se agolpan en la mente.

Probablemente, ninguna haga
justicia a lo que a través de la ventana se puede presenciar. Medellín es
famosa, entre otras muchas cosas, por su paisaje lluvioso y no hay mejor
forma de conocer esta ciudad que bajo gotas de agua veraniega.

Estudios podrán argumentar que esto es
atribuible al clima tropical monzónico que reina en la región de Antioquia, de
la cual esta ciudad es capital, pero también se podría afirmar que tal fenómeno
meteorológico se origina porque, bañada, la ciudad es más bonita y por el color
ocre de los ladrillos
, material abundante en los edificios  antioqueños, que húmedo adquiere un tono más
solemne.

“La lluvia en Medellín no es lluvia: es una
prueba de la existencia de Dios” apuntó, no sin un dejo de sorna, el escritor
mexico-colombiano Fernando Vallejo, en Los días azules.
Pareciera que todos tienen su propia versión.

Sinuoso y verde camino

La llegada a Medellín, segunda
ciudad más poblada en Colombia, sucede de forma muy gradual. La misma geografía
del valle lo permite así. El mismo camino al aeropuerto José María Córdova de
Rionegro
a la ciudad nos va preparando como una obertura musical con un in crescendo
pintado de verde árbol y ocre ladrillo. Una vereda nos conduce entre una densa
vegetación a la ciudad. En ese momento, recordamos que Antioquia se encuentra
en el Eje Cafetero de Colombia.

La constante humedad y su altura sobre el
nivel del mar otorgan a esta región las características idóneas para la siembra
y producción de café. Vuelta a vuelta del volante podemos apreciar un poco más
de la ciudad que, a pesar de encontrarse dormida, verla de a poco se convierte
en un espectáculo impresionante. La zona metropolitana se extiende por todo el
valle, a orillas del río Medellín.

La temporada de lluvias ocupa casi todo el
año, siendo de marzo a noviembre su punto más alto. Acorde con el parte
climatológico del diario local El Colombiano,
Medellín tiene una precipitación mensual promedio de 161 mm, siendo octubre el
mes donde más se acentúa, con 212 milímetros (mm). Estos números y medidas
significan muy poco para mí. Solo entiendo que si en julio terminé el trayecto
del taxi a la puerta del hotel totalmente empapado, en octubre, por consiguiente,
quizá el mismo trayecto se deba realizar a nado.

La temperatura, para hacer las cosas más
interesantes, presenta nivel máximo de 28 ºC. 
Por eso hay calor húmedo de día y frío fresco en la noche. Más pronto
que tarde comprendí que debía hacerme acompañar por un rompevientos, o suéter
ligero, y tener bien ubicado el café más cercano de la zona.

El Factor ‘Paisa’

No he de ser el único y, hasta
hace muy poco, lo era. Para mí, Medellín era sinónimo de café, de vallenato, de
mujeres hermosas (sean naturales o no) y, tristemente, de tráfico de
estupefacientes. Por fortuna me encontré con una ciudad distinta. El café,
‘tinto’
como lo llaman aquí, es un elemento importante en la ecuación
antioqueña; del vallenato estaba equivocado, pues este alegre género musical es
originario de los límites de la costa colombiana con el mar Caribe, lejos de
esta urbe; sobre las bellas antioqueñas estaba en lo correcto; y, de lo último,
a pesar de que el narcotráfico había marcado negativamente toda la región,
ahora queda muy poco o nada.

Antes de mi llegada a esta peculiar ciudad,
había dejado fuera (por un total desconocimiento) el factor ‘paisa’, que no
tiene que ver con los tradicionales platillos mexicanos, con los cuales yo
asocio la palabra. Se le dice así a todo lo referente al territorio que ocupa
tanto Antioquia, así como otros departamentos dentro del Eje Cafetero: Caldas,
Quindio, Risaralda
, etc. De esa forma descubrí que dicho adjetivo colorido
servía de apellido para muchos otros términos: bandeja paisa, pueblito paisa,
restaurante Sancho Paisa, entre un sinfín de cosas parecidas.

Los paisas son personas joviales,
fiesteros, bohemios, aficionados a las largas pláticas, al tinto, confianzudos
y buenos amigos. Podría esta lista de cualidades ser la perfecta definición de
aquel personaje alegre que todos tenemos, pero no, así es como los mismos
paisas se pintan delante de los fuereños. De cualquier forma, muchas de estas
características no tardan en aflorar, especialmente si la convivencia se
ameniza con aguardiente.

De rieles y carriles

“Para bailar, el porro (un
estilo muy festivo de música colombiana). Para beber, el tango. Para enamorar,
el bolero. Para llorar, la carrilera”, decía con gran elocuencia el escritor
antioqueño Jaime Jaramillo Panesso. De estos géneros musicales solo uno es
oriundo de Medellín: la carrilera.

Tratar de definir las canciones carrileras
sin echar mano de otros estilos sería muy complicado. Hay que imaginar cómo
sonaría la mezcla de las baladas rancheras, con los compases del bolero y, también,
el melodrama de los corridos mexicanos.

El nombre de este peculiar estilo
proviene de que los primeros precursores del género eran exactamente eso:
carrileros. Antes era común que el grueso de los antioqueños trabajaran en
minas y, de camino a sus residencias o sus lugares de trabajo, solían entonar
canciones que fluctuaban de lo triste a lo subido de tono. Y fue de esa forma
que nació la famosa carrilera.

Si nos encontramos en las inmediaciones del
Centro Histórico de Medellín, con un poco de suerte podemos presenciar uno de
los recitales improvisados de carrilera que músicos y cantantes aficionados
arman en el Parque Berrio. Si no corremos con tanta fortuna podemos visitar la
obra del hijo pródigo: Fernando Botero.

Antioqueño de nacimiento, el personaje
colombiano con más proyección internacional donó varias piezas monumentales a
la ciudad, mismas que se pueden apreciar en la plaza que lleva su nombre, Plaza
Botero. Este espacio cuenta con 7,000 metros cuadrados donde se exhiben 23
esculturas monumentales de Botero. A pocos pasos hay un recinto donde también
se guardan otras piezas de su autoría, el Museo de Antioquia. Y, frente a todo
esto, el Palacio de la Cultura ‘Rafael Uribe Uribe’, con su característico
estilo arquitectónico que hace más vistoso el paisaje urbano.

La lluvia también viene a hacer más amenas
las caminatas por el centro, las nubes se convierten en nuestro parasol y la
brisa que baja de los montes nos trae un olor a tierra mojada. Nada invita más
a tomar un tinto que esto. Por una confiable recomendación local, nos dirigimos
al Café El Túnel, uno de los pocos lugares tranquilos del centro de Medellín,
donde el visitante se puede sentar a tomar un buen café sin pretensiones.
Probando el ligero amargo del café con tonos rojizos –de ahí el mote de tinto–
escucho el tintineo de las primeras gotas de lluvia. Como me dijeron: “En
Medellín llueve porque llueve”
.

Yo creo que las gotas caen para que la
gente tenga el perfecto pretexto de resguardarse en algún café como este. Por
eso y porque sí.

Relacionadas

Comentarios