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Un museo llamado Washington, D.C.

Detrás del brillante mármol de sus monumentos y edificios, la capital de las barras y las estrellas presume el complejo cultural más grande del mundo.

18-10-2013, 11:57:10 AM
Un museo llamado Washington, D.C.
Jonás Alpízar

Detrás del brillante mármol de sus monumentos y edificios, la capital de las barras y las estrellas presume el complejo cultural más grande del mundo. Aquí, los protagonistas principales viven entre las paredes de increíbles museos. Aquí la crónica:

Sería difícil precisar el momento exacto en que salió el sol. Posiblemente haya sido cuando, por fin, pude leer con facilidad la guía que sostengo ahora en mis manos. En esta, el horario de apertura del Museo Nacional de Ciencias Naturales seguía siendo el mismo. Esta manía por llegar obsesivamente temprano a todos lados, que en esta mañana alcanzaba niveles absurdos, me había obligado a salir del hotel sin desayunar.

Bajo un cielo cubierto por nubes que lanzaban pequeñas promesas de lluvia, la avenida Pennsylvania presenció mis apresurados pasos hacia los rumbos del National Mall, donde los dos principales museos del Instituto Smithsoniano tienen su morada. No pasó mucho tiempo para que me arrepintiera de no haber siquiera tomado un café. ¿Dónde están los Starbucks cuando se les necesita?

Miro mi reloj por cuarta vez. Las 9:43 am. Apenas ha avanzado dos minutos desde la última vez que lo revisé. Frente a la escalinata de entrada, varios autobuses escolares estacionados se preparan para abrir sus puertas y dispersar una infinita gama de pequeños seres humanos, curiosos y ruidosos. 10:00 am. De poco sirvió haber llegado tan temprano. Para cuando el museo abre, ya somos varias decenas de visitantes ávidos por ver de cerca esqueletos gigantescos. Por más que quiera entrar corriendo, todos ingresamos en orden, como en una especie de Black Friday aunque muy civilizado.

Un tiranosaurio se está fijando en mí

En un pequeño espacio de tierra de la costa este, cedido por los ahora estados vecinos Maryland y Virginia, se fundó en 1791 la ciudad de Washington para ser sede definitiva del Congreso de Estados Unidos. La primera capital de la Unión Americana había sido Filadelfia. Más tarde, en 1846, el Congreso devolvió la porción de terreno que Virginia había aportado.

A simple vista y sin detenerse en los detalles, podría parecer que D.C., siglas por Distrito de Columbia, es una ciudad como hay muchas otras en Estados Unidos. Pero si uno afina la mirada y permanece el tiempo necesario aparecerán señales inequívocas de estar presenciando algo especial. Este “algo” podría fácilmente residir en sus numerosos museos.

Ya dentro del Museo de Historia Natural, diferenciado de los demás edificios cercanos por su cúpula verde, las casi 30 salas que lo conforman están habitadas por protozoarios, hombres de Java, ballenas azules y toda especie animal y vegetal imaginable. Por si fuera poca cosa el gran elefante que habita en la rotonda del lobby principal, hace poco más de un mes los altos muros de este recinto tienen como invitado de honor el esqueleto de un Tiranosaurio Rex. Definitivamente los dinosaurios son la atracción principal. Quien juzgue este museo de infantil, habrá perdido la capacidad de apreciar una de las mejores colecciones de este tipo en todo el mundo de impresionantes animales.

El Instituto Smithsoniano, administrador de este recinto, es sinónimo de museos, muy grandes y muy buenos. Dieciocho de los mejores que hay en D.C. pertenecen a este instituto cultural, y la entrada a todos es gratuita. Además, cuenta en su acervo con un zoológico y varios centros que están dedicados solo a la investigación.

El astronauta que no fui

Si se desean visitar varios museos el mismo día, decisión altamente recomendable, es necesario recorrerlos a un ritmo acelerado, quizá deteniéndose ante algo que nos resulte interesante, pero viendo de pasada todo lo demás. Esquivando niños animosos y padres que los persiguen, logro salir del primer museo. El aire que brinda el fresco verano hace que la caminata por los jardines alargados del pulcro National Mall sea muy agradable.

Casi hasta el otro extremo del parque, y en dirección a Capitol Hill, está el Museo del Aire y del Espacio, sobre la avenida Independence. Decido, antes de entrar por estos parajes, dar toda la vuelta a la manzana para buscar la tan deseada sirena blanca dentro del círculo verde, y voilà!. Sabía que debía haber uno por aquí.

Sé que no soy el único que, en la lejana infancia, soñaba con ser astronauta. Sobra decir que, tristemente, no lo logré; de haberlo hecho este artículo no existiría. Pero la vida es generosa y nos ofrece la oportunidad de rodearnos de toda la parafernalia espacial que queramos. En la exposición Suited for Space, se podrán apreciar fotografías de los trajes y accesorios reales que los astronautas han usado en sus viajes al cosmos, vistos con rayos X.

Para los que quisieron ser aviadores de guerra, también hay muchos aviones militares, de carga o de pasajeros, de importancia histórica, exhibidos en las grandes salas dedicadas al aire. Para todos hay. En fin, es tiempo de volver a tierra firme y ¿qué mejor forma de hacerlo que recibiendo los rayos del sol que ahora brilla en todo lo alto? Los siguientes monumentos serán al aire libre, alrededor de este parque.

Un museo sin paredes

Aun a estas alturas del año todavía es posible encontrar alguna esporádica flor de cerezo, tan característica de esta ciudad. Al pie de las anchas escalinatas miro hacia el Capitolio, hogar de las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos, y me gusta pensar que se eligió construir muchos de sus monumentos con un blanquísimo mármol solo para que este contrastara con el brillante color violeta del cerezo. Si esto fue así, les quedó muy bien.

Para emprender el recorrido por todo el National Mall, espacio verde con extensión de tres kilómetros y que recibe anualmente 24 millones de visitantes, se necesitan principalmente dos cosas: un sombrero y agua, o cualquier líquido refrescante. En el área que comprende este parque se encuentran los monumentos más importantes de Washington, DC: el obelisco del monumento a George Washington; el monumento a Abraham Lincoln; los Constitutions Gardens; los monumentos de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Corea, seguidos de un largo etcétera. Está por demás decir que todos merecen ser visitados. Como dato curioso, la totalidad de los museos de toda esta zona, salvo la Galería Nacional de Arte, pertenecen al Instituto Smithsoniano.

De vuelta al Capitolio y ya sentado en los blancos escalones, respiro y pienso que las prisas del inicio de la jornada quizá hayan sido algo excesivas.

La tarde ahora transcurre pausada y lánguida, como el andar de la sombra que proyecta el obelisco. Esta amena crónica narrativa (por llamarla de alguna manera) debe terminar en algún momento y no imagino ninguno mejor que este.

Releo ahora este texto y sé que peco de varias inexactitudes y de una gran mentira. Las imprecisiones surgieron cuando traté, quizá inútilmente, de traducir a palabras las sensaciones y los estados de ánimo que experimenté el Distrito de Columbia (D.C.), entre columnas de mármol y árboles de cerezo, todos diferentes. Les aseguro que mis descripciones se quedaron muy cortas y muy ligeras. La gran mentira fue decir que de chico había querido ser astronauta. La verdad es que ahora estoy convencido de que quiero serlo mucho más que antes.

Las aventuras dentro de los museos de Washington D.C. son infinitas. Este lugar representa una gran experiencia para todos los integrantes de la familia.

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