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La música sigue aquí

Nueva Orleans, la ciudad del jazz vio sus notas silenciarse solo para, después de mucho trabajo, volver a tocarlas.

01-08-2012, 11:08:19 AM
La música sigue aquí
Jonás Alpízar

¿Qué ha cambiado desde Katrina?, le pregunto a Christine,
residente del Noveno Distrito, la zona más afectada en Nueva Orleans por el
huracán. Observo las equis pintadas en
la puerta de una casa abandonada, x-code las llaman. Estas notifican qué
escuadrón de rescate hizo el chequeo, la fecha y los riesgos que existen en el
interior (fugas de gas, cables eléctricos sueltos).

En el cuadrante inferior se apunta cuántos cuerpos
encontraron dentro: dos.

“¿Que qué ha cambiado? –responde preguntándose– Que ahora,
cuando nos dicen que nos salgamos, nos salimos.”

Pero ¿cuál fue el problema? ¿Por qué Katrina atacó por
sorpresa una ciudad acostumbrada a los desastres naturales?

“Dijeron que era un huracán de categoría 3; por eso nadie
hizo caso a los avisos de evacuación”, prosigue Christine, mientras señala cuál
es su casa.

“Cuando tocó la costa ya era categoría 5.” Ya era demasiado tarde.
Los diques (mal) construidos por el gobierno de Estados Unidos no resistieron.

Las estadísticas, siete años después, son arrojadas
brutalmente: 80% de la ciudad inundada, más de 1,800 personas muertas y
alrededor de 81 mil millones de dólares en pérdidas materiales.

Todos aquí tienen su historia de Katrina; directa o
indirectamente, este ha sido un parteaguas en sus vidas.

“¿Ves toda esta zona? –cuestiona retóricamente el taxista al
conducir frente al Superdome– El agua alcanzó los dos metros: ¿podrías nadar?”

Dudo que sea necesario responder: “La corriente había
arrastrado árboles, cables, coches; las tuberías del drenaje se habían reventado;
el río y los pantanos trajeron caimanes y víboras. Te pregunto otra vez: ¿podrías
nadar?”.

Guardo silencio… no puedo imaginar cómo será cuando conozca
el Noveno Distrito.

Lo que Katrina no se llevó

Desde el aeropuerto Louis Armstrong hasta el French Quarter,
esta dramática crónica contrasta con los
hermosos edificios que desfilan frente a la ventanilla. Es difícil visualizar
tanto desastre. De no ser por las imágenes que circularon por todo el mundo, podría
pensar que aquí no pasó nada.

En este paseo reconozco la amplia Canal St, con sus rieles.
El tranvía es el principal medio de transporte. Los neworlineans se jactan de
vivir en una de las pocas ciudades en Estados Unidos donde se puede recorrer,
de un extremo a otro, sin toparse con una autopista federal.

Me hospedo en una gran casa acondicionada como hotel, la
Maison Dupuy, en la parte del French Quarter, opuesta al Mississippi y cercana
al parque Louis Armstrong.

 

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“Siendo de México estará acostumbrado al calor”, me dice de
forma agradable la chica de la recepción. Yo asiento, como si no advirtiera
cómo mis glándulas sudoríparas trabajan a todo galope.

El centro histórico de Nueva Orleans, el French Quarter o
barrio francés, de francés no tiene nada. Cuando esta ciudad portuaria fue
colonia francesa prosperó muy poco: los pobladores europeos se ocuparon más en
realizar fiestas y tertulias etílicas que en trabajar sus tierras.

No fue sino hasta que la ciudad pasó a manos de España que
alcanzó estabilidad social y económica. También fue en esta época cuando un
incendio arrasó la todavía pequeña aldea. Luego, el gobierno español reconstruyó
todo el barrio francés.

Aquí todas las distancias son caminables.

Mi primera parada es Jackson Square. Es evidente la
influencia arquitectónica de la España  colonial.
Cercando el jardín central tenemos la catedral de St. Louis; a su lado
izquierdo el Cabildo, sede del gobierno de la ciudad.

Una de las primeras cosas que hago, en cualquier lugar donde
me encuentre, es comprar el periódico local, que nunca leo al momento y que
tengo que cargar el resto del día. Me pasa igual con los libros. En una
librería compro el ejemplar 1 Dead in Attic, del escritor y reportero Chris
Rose, texto que narra la destrucción pos-Katrina. Debo estar preparado para
visitar el Noveno Distrito.

Para esconderse del sol, el mejor lugar es el jardín de
Jackson Square
. Los grandes robles sureños, que aquí se conocen como live oaks,
extienden sus larguísimos brazos cubriendo la plaza, como protegiéndola.

Las ramas, algunas de las cuales llegan hasta el piso y
vuelven a subir, están cubiertas por una clase de helecho muy peculiar. A
primera vista parecen hojas secas y muertas, pero –averigüé– después de una
ligera llovizna renace y muestra un tono verde increíble. Con toda razón lo
llaman “helecho de la resurrección”.

 

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Dulce melodía. Postres, como el brownie de chocolate oscuro,
son una de las especialidades del Palace Café durante los Jazz Brunches.

 

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