- Fechas de cumpleaños. Nadie está diciendo que debas saber los cumpleaños de todos quienes laboran en tu corporativo, pero sí de tu círculo cercano y de aquellas personas a las que dices “buenos días” todos los días, desde que entras al estacionamiento hasta que llegas a tu oficina.
- Facebook. Por favor, bajo ninguna circunstancia aprietes ese botoncito de “solicitud de amistad” (friend request) a tus subordinados en la red social. No es bonito tener al jefe viendo qué hace uno después de las 6 de la tarde y los fines de semana.
- Tarjetas de presentación. Coloca tarjeteros en lugares específicos; nunca todas en tu santuario laboral llamado oficina. Quizás sea conveniente tener un stock en la guantera del auto, y un ‘guardadito’ en casa. Si sales de viaje, no te darás de topes ni dirás: “¡Mis tarjetas! ¡Están en la oficina!”
- Aniversarios. No sólo el de tu esposa/esposo/pareja/conyuge/(¿amante? ¡No, no!). ¿Cuándo ‘cumplen años laborales’ los integrantes de tu equipo de trabajo? ¿Cuándo es el aniversario de la empresa? (sí: por increíble que parezca, hay empresas que no lo anuncian).
- Teléfonos de emergencia. Sucedió a un familiar muy querido: durante las más recientes inundaciones en la ciudad de México, prácticamente tuvo que salir nadando de su auto y su teléfono móvil quedó inservible. Intentó llamar a su familia, pero el teléfono de casa sonaba ocupado. Entonces quiso marcar a otro número, pero no se sabía UNO solo. La moraleja es simple: con las memorias de los smartphones nos hemos olvidado de aprendernos teléfonos. Nunca está de más sabernos al menos un par.
- Abrazos. Cinco al día. Ni uno menos.
El defecto secundario que debemos corregir:
No olvidar cumpleaños, aniversarios ni tarjetas de presentación. No aceptar a nuestro equipo de trabajo en Facebook. Aprendernos teléfonos de emergencia. Y abrazar más.
Muuuuucho más.